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Polémico, crítico radical y brillante
pensador, Iván Illich fue uno de los intelectuales más
destacados del siglo pasado. Nacido en Viena en el año 1926,
fue el primogénito de una familia cuya ascendencia se repartía
entre judíos, dálmatas (Croacia) y católicos. Debido
a la aplicación de leyes antisemitas en la Austria anexada por
el Tercer Reich, en 1941 tuvo que emigrar a Italia. Radicado allí,
estudió Histología y Cristalografía en la Universidad
de Florencia, y más tarde, en la Universidad Pontífica
Gregoriana del Vaticano, se adentró en los misterios de la Teología
y la Filosofía. Luego se doctoró en Historia en la Universidad
de Salzburgo.
A principios de la década del cincuenta ingresa en la Iglesia
Católica y, a pesar de estar destinado a la carrera diplomática
gracias a su gran talento, decide emigrar a Estados Unidos porque, según
sus palabras, “no quería integrarme a la burocracia papal”.
Allí trabajó junto a los inmigrantes portorriqueños
de Nueva York, quienes eran rechazados de manera cruel por las personas
de otras nacionalidades. En 1956 fue nombrado vice-rector de la Universidad
Católica de Puerto Rico, y en 1961 fundó en México
el Centro Intercultural de Documentación –donde concurrieron
figuras de la talla de Erich Fromm y Paulo Freire-cuyas posturas lo
enfrentaron con el Vaticano, provocando su cierre en 1976. De este período
son sus libros más aclamados: En América Latina ¿para
qué sirve la escuela? y La Sociedad Desescolarizada, en los cuales
arremete contra el modelo pedagógico dominante en las sociedades
modernas.
En La Sociedad Desescolarizada, Illich toma a la escuela como paradigma
de la “institucionalización de los valores”, de la
escolarización de la sociedad. Este proceso cobra vida cuando
una serie de valores como la educación y la salud, por ejemplo,
son el resultado de un tratamiento o un servicio que transforma (degrada)
necesidades no materiales en demanda de bienes. Por eso, para Illich,
desescolarizar la sociedad implica independizarse del apoyo y el cuidado
de instituciones que provocan su propia demanda. En referencia a la
escuela, Illich sostiene que escolarización y educación
son ideas antinómicas porque el éxito de la escolarización
se sostiene en la creencia de que la escuela produce un valor cuantificable
que, por ende, genera una demanda. Pero este valor de cambio que otorgaría
la escuela beneficia más a quienes ya poseen un capital cultural.
Así, “el derecho a aprender se ve restringido por la obligación
de asistir a la escuela”. En contraposición, Illich afirma
que el aprendizaje no es el resultado de la escolarización, sino
de la participación de las personas en contextos significativos,
de ahí que el aprendizaje no requiera manipulación de
los sujetos.
Las ideas centrales en las que se funda su concepción de la enseñanza
son: la inviabilidad de la educación universal por medio de la
escolarización, por más que se reformen las instituciones
escolares siguiendo el modelo actual o se amplíe la responsabilidad
de los maestros sobre la vida completa de sus alumnos; por el contrario,
debe buscarse su antítesis institucional por medio de redes educativas
que potencien las posibilidades de aprender y compartir lo aprendido.
De esta manera, Illich se anticipaba, a principios de los años
setenta, a las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías.
Aunque más de treinta años después continúen
siendo sólo posibilidades potenciales.
Fragmento
Profesores
y alumnos*. Por definición, los niños son alumnos. La
demanda por el medio ambiente escolar crea un mercado ilimitado para
los profesores titulados. La escuela es una institución construida
sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza.
Y la sabiduría institucional continúa aceptando este axioma,
pese a las pruebas abrumadoras en sentido contrario.
Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.
Los alumnos hacen la mayor parte de su aprendizaje sin sus maestros,
y, a menudo, a pesar de éstos. Y lo que es más trágico,
a la mayoría de los hombres son las escuelas las que les enseñan
su lección, aun cuando nunca vayan a la escuela.
Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar,
pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la
interferencia de un profesor. Ni siquiera los niños que están
día y noche bajo la tutela de un maestro constituyen excepciones
a la regla. Los huérfanos, los cretinos y los hijos de maestros
de escuela aprenden la mayor parte de lo que aprenden fuera del proceso
"educativo" programado para ellos. Los profesores han quedado
mal parados en sus intentos de aumentar el aprendizaje entre los pobres.
A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no
les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que
obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos
a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden
en la calle. Las investigaciones sobre educación están
demostrando cada día más que los niños aprenden
aquello que sus maestros pretenden enseñarles, no de éstos,
sino de sus iguales, de las tiras cómicas, de la simple observación
al pasar y sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de
la escuela. Las más de las veces los maestros obstruyen el aprendizaje
de materias de estudio conforme se dan en la escuela.
La mitad de la gente en nuestro mundo jamás ha estado en una
escuela. No se han topado con profesores, y están privados del
privilegio de llegar a ser desertores escolares. Y no obstante, aprenden
eficazmente el mensaje que la escuela enseña: el que deben tener
escuela, y más y más escuela. La escuela les instruye
acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que
les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas
de tenerla, o bien mediante sus niños cuando éstos se
ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita
su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede
la salvación sólo a través de la escuela. La Iglesia
les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte.
La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de
que sus nietos la conseguirán. Esa esperanza es, por cierto,
otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los
profesores.
Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido.
Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización,
la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por
el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada.
Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre
su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al
maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. Pero esos mismos adultos
se preocuparían por la salud mental de un niño que corriera
a casa a contarles qué han aprendido de cada uno de sus profesores.
Las escuelas crean trabajos para maestros de escuela, independientemente
de lo que aprendan de ellos sus alumnos.
3. Asistencia a jornada completa. Cada mes veo una nueva lista de propuestas
que hace al AID3 alguna industria estadunidense, sugiriéndole
reemplazar los "practicantes del aula" latinoamericanos por
unos disciplinados administradores de sistemas o simplemente por la
televisión. Pero, aunque el profesor sea una maestra primaria
o un equipo de tipos con delantales blancos, y ya sea que logren enseñar
la materia indicada en el catálogo o fracasen en el intento,
el maestro profesional crea un entorno sagrado.
La incertidumbre acerca del futuro de la enseñanza profesional
pone al aula en peligro. Si los educadores profesionales se especializan
en fomentar el aprendizaje, tendrían que abandonar un sistema
que exige entre 750 y 1 500 reuniones por año. Pero naturalmente
los profesores hacen mucho más que eso. La sabiduría institucional
de la escuela dice a los padres, a los alumnos y a los educadores que
el profesor, para que pueda enseñar debe ejercer su autoridad
en un recinto sagrado. Esto es válido incluso para profesores
cuyos alumnos pasan la mayor parte de su tiempo escolar en una aula
sin muros.
La escuela, por su naturaleza misma, tiende a reclamar la totalidad
del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez
hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta.
El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente
en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa
como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo
de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento
de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación
a la vida. En el mejor de los casos, monta la escena para la adquisición
de una habilidad como siempre han hecho los maestros de escuela. Sin
hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete
a sus alumnos a ciertas rutinas básicas.
El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado.
Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no sólo en
la escuela, sino en la sociedad en general. Se presenta in loco parentis
para cada cual y asegura así que todos se sientan hijos del mismo
Estado.
El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la
vida privada de su alumno a fin de ayudarle a desarrollarse como persona.
Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador,
significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una
domesticación de su visión de la verdad y de su sentido
de lo justo.
La afirmación de que una sociedad liberal puede basarse en la
escuela moderna, es paradójica. Todas las defensas de la libertad
individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con
su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez,
ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad
es pervertido por el proceso mismo que debiera preparar para la vida.
Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más
a la deformación del niño que las leyes que dictan su
menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de
reunión o de vivienda.
Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios
terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y
laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a
desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común
le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer
sus opiniones sobre lo bueno y lo malo, o de obligar a nadie a seguir
su consejo. Los maestros de escuelas y los curas son los únicos
profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos
privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público
obligado.
Los niños no están protegidos ni por la Primera ni por
la Quinta Enmienda4 cuando están frente a ese sacerdote secular,
el profesor. El niño tiene que enfrentarse con un hombre que
usa una triple corona invisible y que como la tiara papal, es el símbolo
de la triple autoridad conjugada en una persona. Para el niño,
el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote -es a un mismo
tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. Conjuga
las pretensiones de los papas medievales en una sociedad constituida
bajo la garantía de que tales pretensiones no serán jamás
ejercidas conjuntamente por una institución establecida y obligatoria
-la Iglesia o el Estado.
El definir a los niños como alumnos a jornada completa permite
al profesor ejercer sobre sus personas una especie de poder que está
mucho menos limitado por restricciones constitucionales o consuetudinarias
que el poder detentado por el guardián de otros enclaves sociales.
La edad cronológica de los niños les descalifica respecto
de las salvaguardas que son de rutina para adultos situados en un asilo
moderno -un manicomio, un monasterio o una cárcel.
Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor
se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad
y valor personal se difuminan y eventualmente son eliminadas. Se hace
sentir cada transgresión como un delito múltiple. Se cuenta
con que el delincuente sienta que ha quebrantado una norma, que se ha
comportado de modo inmoral, y se ha abandonado. A un alumno que ha conseguido
hábilmente ayuda en una examen se le dice que es un delincuente,
un corrompido y un mequetrefe.
La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de
la cultural occidental y les sumerge en un ambiente mucho más
primitivo, mágico y mortalmente serio. La escuela no podría
crear un enclave como éste, dentro del cual se suspende físicamente
a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de
la realidad ordinaria, a menos que encarcelara físicamente a
los menores durante muchos años sucesivos en territorio sagrado.
La norma de asistencia posibilita que el aula sirva de útero
mágico, del cual el niño es dado periódicamente
a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta
que es finalmente lanzado a la vida adulta. Ni la niñez universalmente
prolongada ni la atmósfera sofocante del aula podrían
existir sin las escuelas. Sin embargo, las escuelas, como canales obligatorios
de aprendizaje, podrían existir sin ninguna de ambas y ser más
represivas y destructivas que todo lo que hayamos podido conocer hasta
la fecha. Para entender lo que significa desescolarizar la sociedad
y no tan sólo reformar el sistema educacional establecido, debemos
concentrarnos ahora en el currículum oculto de la escolarización.
No nos ocupamos en este caso, y directamente, del currículum
oculto de las calles del ghetto, que deja marcado al pobre, o con el
currículum camuflado de salón, que beneficia al rico.
Nos interesa más bien llamar la atención sobre el hecho
de que el ceremonial o ritual de la escolarización misma constituye
un currículum escondido de este tipo. Incluso el mejor de los
maestros no puede proteger del todo a sus alumnos contra él.
Este currículum oculto de la escolarización añade
inevitablemente prejuicio y culpa a la discriminación que una
sociedad practica contra algunos de sus miembros y realza el privilegio
de otros con un nuevo título con el cual tener en menos a la
mayoría. De modo igualmente inevitable, este currículum
oculto sirve como ritual de iniciación a una sociedad de consumo
orientada hacia el crecimiento, tanto para ricos como para pobres.
*Illich
Iván, “Fenomenología de la Escuela” en La
Sociedad Desescolarizada.
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