El dilema de John
Dewey
La escuela, entre la reforma y la reproducción
social
La escuela ¿puede
contribuir a la transformación radical de la sociedad o sólo
es una institución conservadora que refuerza, reproduce y legitima
las desigualdades sociales? La cuestión resume una de las preocupaciones
clave del filósofo estadounidense John Dewey (1859-1952).
En 1896, sobre la base de una teoría educativa que buscaba
democratizar la vida escolar, reincorporar la experiencia a los temas
de estudio y transformar a docentes y estudiantes en protagonistas
activos de la educación, Dewey funda, con el apoyo de la Universidad
de Chicago, una escuela experimental que comenzó con 16 alumnos
y 2 maestros, pero que, en menos de una década, contaría
con 140 alumnos, 23 maestros y 10 asistentes.
El núcleo del programa implementado en la escuela de Dewey
se basaba en la idea de que los aprendizajes de un niño y de
un adulto tienen una naturaleza en común. Ambos aprenden a
partir de enfrentar situaciones problemáticas que desafían
sus saberes y les exigen otros nuevos a fin de encontrar una resolución.
"Cuando el niño entiende la razón por la que ha
de adquirir conocimiento -sostiene Dewey- tendrá gran interés
en adquirirlo".
En este sentido, las clases en la escuela se estructuraban a partir
de un tipo de trabajo similar al que, en la vida social, desarrollarán
los estudiantes. Por ejemplo, los niños de 4 años hacían
labores de cocina, costura y carpintería, actividades que no
sólo culminaban en una producción concreta sino que,
en su desarrollo, ponían en juego saberes de matemática,
química, física, entre otras disciplinas escolares.
A los 10 años, en historia por ejemplo, contruían una
copia de una habitación típica de la época de
los pioneros; a los 13, al resolver la creación de un club
de debates, docentes y estudiantes se dedicaban a levantar una sala
para tal fin.
Los trabajos propuestos presentaban problemas cuya resolución
dependía del aprendizaje de conocimientos teóricos y
prácticos de la ciencia, la historia o el arte.
La teoría y la experiencia de Dewey se enfrentaban a dos posiciones
de la época, una hegemónica y otra, marginal. Por un
lado, la visión conservadora enciclopedista que dominaba el
sistema educativo estadounidense y cuyo punto de partida es la idea
de que los conocimientos históricamente construidos deben enseñarse
independientemente del interés de los alumnos. En otras palabras,
desde esta perspectiva la educación estaría centrada
en los contenidos a enseñar y en el docente como experto. Por
el otro, la visión de los progresistas románticos quienes
sostenían que la escuela debía basarse en los intereses
de los niños.
Dewey fue asimilado con frecuencia a este último grupo, sobre
todo por sus detractores conservadores. No obstante, él se
encargó de polemizar con ambas tendencias: a los primeros,
contraponía su concepción radical de una vida escolar
democrática que tuviera a maestros y docentes como protagonistas
y no como meros espectadores; a los segundos, les criticaba que se
ajustaran a los intereses naturales del niño y, de ese modo,
abandonaran la tarea cultural de trabajar sobre los saberes producidos
por la humanidad.
John Dewey incluso debatió con una variante de estos últimos,
los progresistas administrativos, aquellos que abogaban por programas
de educación profesional que insertaran a los estudiantes en
el mundo del trabajo. A estos, el filósofo los acusaba de pretender
que la escuela se convirtiera en un medio aún más eficaz
de reproducción de las desigualdades sociales, al preparar
a cada uno, no según sus posibilidades o necesidades, sino
según su condición social más o menos favorecida.
Para Dewey, el desafío estaba en trabajar como Alicia en el
país de las maravillas, esto es, "el maestro tiene que
pasar con los niños detrás del espejo y ver con las
lentes de la imaginación todas las cosas, sin salir de los
límites de su experiencia; pero, en caso de necesidad, tiene
que poder recuperar su visión corregida y proporcionar con
el punto de vista realista del adulto, la orientación del saber
y los instrumentos del método".
En resumen, la escuela de Dewey trabajaba en forma democrática,
sobre situaciones problemáticas y ocupaciones del mundo real,
a partir de las cuales se viviera la necesidad de acudir al conocimiento
sistematizado y formal producido por la humanidad. Tal escuela formaría
no sólo sujetos con conocimiento teórico y práctico
sino, sobre todo, seres autónomos, cooperativos y transformadores
de la sociedad. Para el filósofo, las escuelas debían
ser "avanzadas de una civilización humanista", "agentes
de reforma social".
La experiencia de Dewey duró poco. Y eso sirvió como
fundamento para sus adversarios quienes criticaban su teoría
y lo hacían responsable del fracaso educativo del sistema estadounidense,
como si sus propuestas hubieran avanzado más allá de
su escuela experimental y algunos pocos seguidores.
Con todo, su escuela era experimental en más de un sentido.
Los alumnos eran hijos de profesionales y los docentes formaban parte
de un núcleo avanzado. Pero, además, las ocupaciones
que se proponían a los alumnos estaban situadas en un contexto
cooperativo, es decir, fuera de las relaciones sociales en las que,
en el mundo real, están insertas. Situación que recuerda
la experiencia de Pestalozzi (ver en Clásicos, "El error
de Pestalozzi").
Después de la guerra, incluso después de conocer las
reformas implementadas en Japón, Turquía, la entonces
Unión Soviética y China, Dewey revisaría no tanto
su teoría como su particular concepción de la escuela.
Lejos de concebirla como una institución cuya función
fuera la reconstrucción radical de la sociedad, el autor de
"Educación y democracia" comenzaba a pensar que tal
transformación no resultaba posible en tanto que la escuela
está integrada a las estructuras de poder vigentes y, en consecuencia,
constituye un instrumento de reproducción de la sociedad de
clases del capitalismo industrial.
En esa tensión entre la reproducción y la transformación
se debate la escuela de Dewey. También, la nuestra hoy.