Fue,
quizá, el más grande exponente del realismo en la literatura
del siglo XIX y uno de los escritores más importantes de toda
la historia. León Tolstoi dejó testimonio, en cada una
de sus novelas y cuentos, de una gran capacidad para reflejar de manera
fiel los principales aspectos de la Rusia zarista, alcanzando su cúspide
con Ana Karenina y Guerra y paz. Menos conocidas resultan sus reflexiones
acerca de la educación y la práctica pedagógica,
a pesar de que, para el mismo Tolstoi, eran mucho más importantes
que su actividad literaria.
Nacido en septiembre de 1828 en Yásnaia Polaina, la propiedad
de su familia terrateniente -al sur de la ciudad de Moscú-
quedó huérfano a los nueve años y se crió
con otros parientes quienes eligieron tutores franceses y alemanes
para su educación. La temprana introducción a la lectura
de las obras del ginebrino Jean Jacques Rousseau tuvo una influencia
decisiva para que dejara sus estudios en la Universidad Kazan, a la
que había ingresado a los 16 años de edad. Entre 1852
y 1856 realizó tres obras autobiográficas Niñez,
Adolescencia y Juventud. En cada una de ellas indaga en el mundo espiritual,
el comportamiento y la adquisición de conocimiento por parte
del niño, el adolescente y el joven; estas observaciones tendrán
una importancia significativa sobre la idea central de Tolstoi en
sus futuras reflexiones pedagógicas: el respeto por la personalidad
del niño.
Siendo aún muy joven, 21 años, Tolstoi pone en práctica
sus inquietudes educativas y, al igual que el protagonista de su cuento
La mañana del terrateniente, funda una escuela en la propiedad
familiar donde se proponía educar a los hijos de los campesinos
pobres. Esta primera experiencia en la tarea educativa durará
poco tiempo debido, tal vez, a la carencia del joven escritor de conocimientos
especializados en materia pedagógica. Después de participar
como soldado en la guerra de Crimea, regresa a su hogar y se aboca
definitivamente a la actividad docente y a la lectura de trabajos
especializados en dicha disciplina. Durante un viaje realizado por
distintos países de Europa visita diferentes instituciones
educativas que le aportaron algunas ideas que posteriormente implementó
en su escuela.
Cuando Tolstoi comienza su actividad pedagógica, la mayoría
de los campesinos –la casi totalidad de la población
rusa- era analfabeta; de ahí que sostuviera que “la necesidad
más esencial del pueblo ruso es la educación”.
El incipiente desarrollo capitalista por el que atravesaba Rusia en
esos momentos, subordinaba el conocimiento científico y sus
aplicaciones prácticas al beneficio de los sectores más
poderosos, violando lo que para Tolstoi era la esencia de la ciencia:
ponerse el servicio del pueblo.
Tolstoi organizó sus principios pedagógicos alrededor
de un principio moral y gnoseológico basado en la libertad
en la educación: “mientras menor sea la constricción
requerida para que los niños aprendan, mejor será el
método”. Este principio afirmaba que el proceso de adquisición
cognoscitivo debía ser una práctica libre, ya que el
conocimiento adquirido por los maestros no puede ser transmitido o
impuesto a los alumnos contra su voluntad. El alumno debe hacer su
propio esfuerzo y realizar la práctica cognoscitiva de manera
autónoma, sin necesidad de ser obligado por el maestro. Además,
la libertad en la educación abarca la necesidad de que el propio
pueblo cree sus propias escuelas e incluya en éstas las actividades
y contenidos que considere más adecuados a sus necesidades.
Preocupado por dar una base científica a la actividad educativa,
Tolstoi también trabajó en la consolidación de
un método de investigación que contribuyera a desarrollar
la ciencia de la educación. Este método era el análisis
multifacético que abarca los aspectos sociológicos y
psicológicos del niño, objeto de estudio de esta disciplina.
El aparato conceptual elaborado por Tolstoi plantea, por ejemplo,
una diferencia entre alfabetización y educación donde
“la alfabetización es un arte mientras que la educación
es el conocimiento de los hechos y de sus relaciones”. Se deduce
de lo anterior que la alfabetización encuentra su sentido fundamental
si sirve a la educación.
En su escuela, Tolstoi y los demás maestros se preocuparon
especialmente por estimular la independencia y la creatividad de cada
alumno para que asimilen, de manera consciente y activa, los diferentes
conocimientos. Se ponía acento, sobre todo, en los saberes
adquiridos fuera de ella, ya que se los consideraba condición
imprescindible para el éxito de la actividad escolar. El fin
de la escuela era, de acuerdo con esto, que los alumnos pudieran ser
concientes de las informaciones que reciben constantemente del ambiente
que los rodea. En Yásnaia Polaina no había lugares fijos
para los alumnos, no se daban deberes para la casa, ni había
castigos por conducta o por bajos rendimientos, el trabajo escolar
se desarrollaba fundamentalmente mediante la conversación libre
entre los alumnos y cada maestro; era el propio niño quien
debía convencerse de la necesidad de respetar un orden para
poder aprender. La fama de la escuela provocó la afluencia
de docentes de diferentes regiones rusas y del extranjero, que deseaban
ver la aplicación de ideales humanistas en la educación
escolar. La existencia de la escuela, y sus particularidades que distaban
mucho de la pedagogía dominante en la Rusia zarista, inquietó
al poder y Tolstoi tuvo que cerrarla debido a varias visitas policiales.
La actividad educativa de Tolstoi no se circunscribió exclusivamente
a la escuela de Yásnaia Polaina, además, editó
una revista pedagógica que llevaba el nombre de la institución.
Dos objetivos principales se proponía la revista, uno, la investigación
de la experiencia educativa en libertad, y el otro, la identificación
de los principales elementos del proceso pedagógico. Tolstoi
exigía que quienes publicaran artículos en la revista,
debían ser docentes comprometidos, no sólo con su trabajo,
sino con la consolidación de una ciencia de la educación.
Hacia 1872 Tolstoi publicó el Abecedario: un manual de lectura
para los niños de más corta edad, que causó un
gran revuelo en el ambiente educativo ruso. El gran escritor consideraba
que los primeros pasos de los niños en el mundo del saber,
determinan en gran medida su futura relación con los valores
espirituales, de ahí su preocupación por los métodos
de enseñanza de la lectura. Para este manual, Tolstoi compuso
una serie de cuentos para niños, dando forma a una verdadera
literatura infantil.
A continuación, reproducimos un fragmento de La Escuela de
Yásnaia Polaina, el texto donde Tolstoi describe las dificultades
con las que se topaba para alfabetizar, transmitir conocimientos y
despertar interés hacia las artes, reconociendo, más
de una vez, cuando sus métodos no tenían éxito.
Fragmento
La
escuela no es un modelo. Volver a recordar la historia y su desenvolvimiento
es, no obstante, útil. Desorden aparente que da por resultado,
por parte de los alumnos, el orden. Batallas de escolares. El papel
del maestro en caso de batalla.
Debo
explicarme. Describiendo la escuela de Yásnaia Poliana, no
pretendo darla como un modelo útil y bueno de imitar; no quiero
más que mostrarla tal cual es. Creo que tales descripciones
pueden tener sus ventajas. Si yo lograse, en las páginas siguientes,
volver a trazar con lisura la historia del desenvolvimiento de la
escuela, aparecería claramente al lector cómo se ha
formado el espíritu actual, por qué lo encuentro yo
bueno, por qué me sería absolutamente imposible cambiarlo,
aun cuando yo quisiera.
La escuela se ha desarrollado libremente por la sola virtud de los
principios establecidos, por el maestro y por los alumnos. A pesar
de toda la autoridad del maestro, el alumno tenía siempre el
derecho de no frecuentar la escuela, y aun frecuentando la escuela,
el de no escuchar al maestro. Este tenía el derecho de no conservar
al alumno en su escuela y de poder obrar con toda la fuerza de su
influencia sobre la mayoría de los niños, sobre la sociedad
que entre ellos forman siempre. Cuanto más adelantan los niños
en el estudio, más se extiende la enseñanza y más
se impone la necesidad del orden. Por consiguiente, en una escuela
que se desenvuelve normalmente y sin violencia, cuanto más
instruidos son los discípulos, más capaces del orden
resultan, más sienten ellos mismos la necesidad de él,
y más fácilmente, bajo este punto de vista, se establece
la autoridad del maestro.
En la escuela de Yásnaia Poliana, desde su fundación,
se ha visto confirmada constantemente esta regla. Al principio, imposible
distribuir las clases, ni las materias, ni los recreos, ni las tareas:
todo se confundía, todos los ensayos de distribución
resultaban vanos. Hoy, en la primera clase, hay alumnos que piden
ellos mismos seguir la guía de horarios y materias, que se
aburren cuando se les saca de su lección, y que echan fuera
a los pequeños que se atreven a estar entre ellos.
A mi juicio, este desorden exterior, aunque parezca al maestro tan
extraño, tan incómodo, es útil, indispensable.
Ocasiones tendré de volver a ocuparme, con bastante frecuencia,
de las ventajas de esta organización; en cuanto a sus inconvenientes,
he aquí lo que tengo que decir:
En primer lugar, el desorden u orden libre parécenos tan espantoso
porque estamos acostumbrados a otro sistema según el cual hemos
sido instruidos.
En segundo lugar, sobre este punto, como sobre otros muchos, el empleo
de la violencia está fundado en una interpretación irreflexiva
e irrespetuosa de la naturaleza humana. Parece que el desorden aumenta,
crece por momentos, no conoce límites; parece que nada puede
detenerlo sino la represión violenta, cuando basta esperar
un poco para ver el desorden (o el fuego) extinguido por sí
mismo, produciendo un orden más perfecto y estable que aquel
por el cual lo sustituiríamos.
Los escolares son hombres, seres sometidos, por muy pequeños
que sean, a las mismas necesidades que nosotros; como nosotros, seres
pensantes; todos quieren aprender, y para esto van a la escuela, y
por esto llegan sin esfuerzo a esta conclusión, que, para aprender,
es necesario someterse a ciertas condiciones. No sólo son hombres,
sino que constituyen una sociedad de seres reunidos en un pensamiento
común. Y en todo lugar donde se reúnan tres en Mi nombre,
Yo estoy en medio de ellos. Cediendo a las solas leyes naturales,
a las leyes derivadas de la naturaleza, ni se oponen, ni murmuran;
cediendo a vuestra autoridad intempestiva, no admiten la legitimidad
de vuestras campanillas, de vuestro uso del tiempo, de vuestras reglas.
¡Cuántas veces he tenido ocasión de asistir a
las batallas de los niños! El maestro se lanza entre ellos
para separarlos, y los dos enemigos se miran de reojo; incapaces de
contenerse aun en presencia de un maestro temible, acaban por caer
uno sobre otro con más ardimiento aún que antes. ¡Cuántas
veces, en el mismo día, he visto un Kiruchka, apretados los
dientes, caer sobre Taraska, cogerle por los cabellos de las sienes,
derribarlo al suelo; parece querer desfigurar a su enemigo, dejarle
muerto! Pero no ha pasado un minuto cuando ya Taraska ríe bajo
Kiruchka y le hace otro tanto; antes de cinco minutos, vedlos tan
buenos amigos, sentados uno al lado del otro.
Hace poco tiempo, después de la clase, en un rincón
dos muchachos se fueron a las manos: el uno, un notable matemático
de cerca de nueve años, alumno de la segunda clase; el otro,
un pequeño, con ojos negros, rapado, inteligente, pero vengativo,
nombrado Kiska. Kiska echó mano a los largos bucles del matemático
y le apretó la cabeza contra el muro, en tanto que el matemático
se esforzaba vanamente para coger las cerdas rapadas de Kiska. Los
negros ojos de éste brillaban triunfalmente. En cuanto al matemático,
le costaba trabajo contener sus lágrimas.
-¡Bien! ¡bien! ¿Qué? ¿qué?
-decía Kiska.
Pero se veía claramente que éste hacía daño,
y que sólo quería pasar por valiente. Esto continuó
por bastante tiempo, y yo estaba indeciso sobre qué partido
tomar:
-¡Se pelean! ¡se pelean! -gritaban los niños.
Y se agruparon en el rincón. Los pequeños reían,
pero los mayores, aunque sin tratar de separar a los combatientes,
mirábanlos con aire serio. Las miradas, el silencio, no fueron
perdidos para Kiska. Comprendió que lo que hacía no
estaba bien; púsose a sonreír, y poco a poco fue soltando
los cabellos del matemático. Este último se desembarazó
de aquél, acosó a Kiska, a quien apretó por la
nuca contra el muro, y después, satisfecho, se alejó.
El pequeño se echó a llorar, y lanzándose en
persecución de su enemigo, le pegó con todas sus fuerzas
sobre el abrigo de pieles, pero sin hacerle daño. El matemático
iba a secundar, pero en el mismo instante resonaron gritos de desaprobación.
-¡Ved, se atreve con un pequeño! -exclamaron los circunstantes-.
¡Sálvate, Kiska!
El asunto acabó en aquello, sin dejar rastro, salvo, creo yo,
lo mismo en uno que en otro, la conciencia confusa de que el pegarse
es desagradable, porque esto hace daño a entrambos. Se puede
notar que aquel sentimiento de justicia ha sido provocado por la multitud;
pero ¡cuántos asuntos análogos se terminan, no
se puede comprender en virtud de qué leyes, de manera que satisfaga
a las dos partes! ¡Cuan arbitrarios e injustos son, comparativamente,
todos los medios empleados en semejante caso!
-Los dos sois culpables; ¡de rodillas! -dice el instructor.
Y no tiene razón, porque allí no hay más que
un solo culpable, un culpable que triunfa poniéndose de rodillas
y rumiando su maldad, en tanto que el inocente está doblemente
castigado. O bien:
-Tú eres culpable de haber hecho esto y aquello, y tú
serás castigado -dirá el instructor.
Y el niño castigado odiará más a su enemigo al
sentir a su lado un poder despótico, cuya legitimidad no reconoce.
O este otro:
-Perdónale; así lo quiere Dios, y sé mejor que
él -expresará el instructor.
Le decís: Sé mejor que él, pero lo que él
quiere es ser más fuerte; mejor... no lo comprende, ni lo puede
comprender.
O esto:
-Ambos sois culpables; pedios perdón el uno al otro, y abrazaos,
hijos míos.
He aquí lo peor de todo, porque ese abrazo no será sincero,
y porque el sentimiento malo, acallado un instante, se arriesgará
a resucitar.
Dejadles, pues, solos si no sois el padre o la madre, que, todo piedad
para sus hijos, siempre tienen razón para tirar de los cabellos
al que pega; dejadles, y ved cómo todo se arregla, todo se
apacigua sencilla, naturalmente.