Antonio Gramsci
Contra el espontaneísmo

Antonio Gramsci (1891-1937), el fundador del entonces Partido Comunista Italiano, el militante que participó en las luchas de los trabajadores del norte industrializado luego aplastadas de manera sangrienta, el dirigente encarcelado por Mussolini durante una década, pudo desplegar, al tiempo que una enorme actividad política, un pensamiento original que ejercería una poderosa influencia no sólo en la teoría política sino también en el campo de las ciencias sociales.
En nuestro país, el pensamiento gramsciano irrumpe en los sesenta -contribuyendo a la reflexión sobre la articulación entre los intelectuales y los sectores populares-, se impone en los estudios de ciencias políticas, antropología, sociología y comunicación en los ochenta -a partir de los conceptos de hegemonía, como construcción de consenso- y se sostiene hasta hoy en prácticamente todas las investigaciones que se centran en las culturas populares.
Parafraseando a un libro publicado por el sociólogo argentino Juan Carlos Portantiero, los usos de Gramsci han sido tantos como tantas fueron las lecturas que se realizaron desde que su obra -publicada póstumamente al fin de la segunda guerra mundial- comenzó a circular. Para algunos Gramsci será el revolucionario que apoyó los consejos obreros de Turín; para otros, el reformista que propuso un cambio progresivo de la sociedad a partir de la construcción de un nuevo consenso que se contraponga al dominante. Se podría decir -sin intervenir en el debate- que cada una de esas lecturas habla no tanto del autor en sí como de los momentos en que fue leído.
Desde la prisión, se impuso la tarea de repensar todo: el porqué de la derrota de los trabajadores y el triunfo del fascismo, la construcción de los consensos y los caminos de la revolución, el periodismo y la literatura popular, y un largo etcétera que comprendió una vasta reflexión sobre la sociedad y el poder.
Entre sus preocupaciones -escritas de manera fragmentaria a partir de las publicaciones que, también fragmentariamente le llegaban a la prisión- figuraban en un orden prioritario aquellas que giraban en torno a la educación. ¿De qué modo -se preguntaba Gramsci- es posible construir una hegemonía o dirección contraria a la entonces dominada por el capitalismo? Y una de las respuestas la encontraba en el cambio del sistema educativo que debía producir una reforma humanista y racional para superar el folclore popular, ese pensamiento construido como "conglomerado indigesto de ideologías" que llevaba al conservadurismo, al pensamiento mágico consolatorio, a la resignación.
Abajo reproducimos un fragmento en el que Gramsci polemiza con las pedagogías que proponen trabajar sobre la espontaneidad y creatividad de los niños. Contra esta perspectiva -en la que advierte una tradición que arranca en Rousseau y continúa en Pestalozzi-, el autor recupera el lugar de las generaciones precedentes y de la escuela para, en el sentido más fuerte del término, educar. Esto es, transformar la naturaleza para emancipar definitivamente al hombre.

Algunos principios de la pedagogía moderna

Investigar el origen histórico preciso de algunos principios de la pedagogía moderna: la escuela activa, es decir, la colaboración amistosa entre maestro y alumno; la escuela al aire libre; la necesidad de dejar libre el desarrollo de las facultades espontáneas del alumno bajo el atento pero no manifiesto control del maestro. Suiza ha dado una gran contribución a la pedagogía moderna (Pestalozzi, etc.), por la tradición ginebrina de Rousseau; en realidad, esta pedagogía es una forma confusa de filosofía conexa a una serie de reglas empíricas. No se ha tenido en cuenta que las ideas de Rosseau son una violenta reacción contra la escuela y los métodos pedagógicos de los jesuitas y en cuanto tales representan un progreso, pero posteriormente se ha formado una especie de iglesia que paralizó los estudios pedagógicos y dio lugar a curiosas involuciones... La "espontaneidad" es una de estas involuciones: se piensa que en el niño el cerebro es como un ovillo que el maestro tiene que ayudar a deshacer. En realidad, cada generación educa a la nueva generación, es decir, que la forma y la educación son una lucha contra los instintos ligados a las funciones biológicas elementales, una lucha contra la naturaleza para dominarla y crear al hombre "actual" en su época. No se tiene en cuenta que el niño, desde que comienza a "ver y tocar", tal vez pocos días después de su nacimiento, acumula sensaciones e imágenes que se multiplican y se hacen complejas con el aprendizaje del lenguaje. La "espontaneidad", si se la analiza, se hace cada vez más problemática. Además la "escuela", la actividad educativa directa, es sólo una fracción de la vida del alumno, que entra en contacto con la sociedad humana..., y se forma criterios a partir de estas fuentes "extraescolares" que son mucho más importantes de lo que comúnmente se cree.
[Fragmento seleccionado de Gramsci, A., Los intelectuales y la organización de la cultura, Bs.As., Nueva Visión, 1972, págs. 131-132.]