-Gabriela Mistral
 


Como ha sucedido con otras personalidades del pensamiento pedagógico, a Gabriela Mistral -cuyo verdadero nombre era Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata- se la conoce más por su destacada producción literaria en la poesía, que por el enorme aporte que realizó a la educación latinoamericana.
Nació en Chile en 1889 y desde muy temprana edad, 15 años, ejerció la docencia en las zonas rurales de Temuco. Por la misma época, Gabriela Mistral colaboró asiduamente con dos periódicos locales, El Coquimbo y La voz de Elqui. En 1914 obtuvo el primer premio en un concurso literario organizado por la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. El título de la obra era Sonetos de la Muerte, donde plasmó la angustia y la tristeza que le significaron el suicidio de Rogelio Ureta, quien había sido su pareja durante varios años.
Trasladada a diversos distritos escolares, fue testigo privilegiada de la situación social y educativa de Chile durante las primeras décadas del siglo XX. Su preocupación por la educación fue una constante durante toda su vida, en particular la de la mujer de origen humilde. “Y no se nos diga que la mujer humilde no necesita de instruirse para alcanzar hasta las cimas morales de abnegación. Conozco las almas maravillosas que ha sacudido el destino como una sarta de estrellas en la clase humilde; he visto tal vez los ejemplares más puros de la humanidad nacer, desarrollarse sin estímulo en un ambiente inauditamente hostil; pero sé también que cuando la naturaleza no pone en los hombres la virtud fácil como pone el perfume en la flor, sólo la educación es capaz de crear el sentimiento y tatuar los deberes en la mitad del pecho humano”.
Sus biógrafos afirman que comenzó a utilizar su seudónimo con motivo de la publicación de un cuento y un poema en una revista literaria dirigida por el gran poeta Rubén Darío; posiblemente en homenaje a Gabriele D'Annunzio y Frédéric Mistral, dos de sus más admirados escritores.
En 1922 José Vasconcelos, Ministro de Educación y uno de los principales dirigentes del movimiento constitucionalista mexicano, la invita al país azteca para que realice su aporte a la revolución educativa que se intentaba poner en marcha en esas tierras. Una vez allí, Gabriela Mistral desarrollará una gran tarea pedagógica, de la que ya había mostrado algunos indicios en Chile pero que no pudo desarrollar en plenitud debido a la soledad de su empresa.
Para Gabriela Mistral -fuertemente influenciada por los testimonios de Pestalozzi y Froebel más que por sus teorías-, los futuros maestros no debían llenarse de sistematizaciones conceptuales elaboradas en otros contextos y para otros alumnos. Para ella “los trabajadores no creen ya en aquella escuela que les enseñó toda las inutilidades y los lanzó a la vida con las manos torpes para todos los oficios. Ellos no aman, no pueden amar al maestro sin sentido de la vida que les robó la riqueza de la sangre en un aula de clase oscura y que les mató la alegría de vivir al no ponerlos en contacto con la tierra-madre de la cual emanaron el vigor y todas las excelencias más que de sus lecciones sin entusiasmo”.
En México, Gabriela Mistral se dedicó completamente a la actividad educativa. Fue clave su participación en el diseño de un sistema básico de enseñanza de las primeras letras en comunidades empobrecidas. También creó la Escuela Nocturna para los trabajadores que desearan estudiar. Instaló bibliotecas y coordinó talleres de lectura comentada como parte de las misiones rurales: un equipo conformado por maestros primarios, enfermeras, albañiles, especialistas en economía doméstica, dirigidos a enseñarle al indígena diversos saberes que colaboraran en su autonomía.
En 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en la primera personalidad de las letras latinoamericanas en recibir ese galardón. Seis años después también se la distingue con el Premio Nacional de Literatura. Falleció en Nueva York en 1957.

A continuación, un fragmento de Magisterio y niño, (Santiago de Chile, 1979):

“Para las que enseñamos:

1. Todo para la escuela; muy poco para nosotras mismas.

2. Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra.

3. Vivir las teorías hermosas. Vivir la bondad, la actividad y la honradez profesional.

4. Amenizar la enseñanza con la hermosa palabra, con la anécdota oportuna, y la relación de cada conocimiento con la vida.

5. Hacer innecesaria la vigilancia de la jefe. En aquella a quien no se vigila, se confía.

6. Hacerse necesaria, volverse indispensable: esa es la manera de conseguir la estabilidad en un empleo.

7. Empecemos, las que enseñemos, por no acudir a los medios espurios para ascender. La carta de recomendación, oficial o no oficial, casi siempre es la muleta para el que no camina bien.

8. Si no realizamos la igualdad y la cultura dentro de la escuela, ¿dónde podrán exigirse estas cosas?

9. La maestra que no lee tiene que ser mala maestra: ha rebajado su profesión al mecanismo de oficio, al no renovarse espiritualmente.

10. Cada repetición de la orden de un jefe, por bondadosa que sea, es la amonestación y la constancia de una falta.

11. Más puede enseñar un analfabeto que un ser sin honradez, sin equidad.

12. Hay que merecer el empleo cada día. No bastan los aciertos ni la actividad ocasionales.

13. Todos los vicios y la mezquindad de un pueblo son vicios de sus maestros.

14. No hay más aristocracia, dentro de un personal, que la aristocracia de la cultura, o sea de los capaces.

15. Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo.

16. Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma.

17. La enseñanza de los niños es tal vez la forma más alta de buscar a Dios; pero es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad.

18. Lo grotesco proporciona una alegría innoble. Hay que evitarlo en los niños.

19. Hay que eliminar de las fiestas escolares todo lo chabacano.

….”