mRoger Chartier
 
Posiblemente no se trate (todavía) de un clásico. Pero la obra de Roger Chartier ya constituye un material de estudio y consulta ineludible para quienes se interesan por la historia del libro, la escritura, las prácticas de lectura y las modificaciones que han sufrido estas actividades ante la presencia avasallante de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Variaciones que, en definitiva, no son otra cosa que la expresión de la revolución que estamos transitando en los modos de producir, difundir y adquirir nuevos conocimientos. Chartier dedica una parte considerable de sus últimos trabajos al estudio de estos fenómenos culturales, luego de un período inicial consagrado a la historia de la educación.

Desde una perspectiva por momentos excesivamente optimista respecto del papel de las nuevas tecnologías, donde las desigualdades de los sujetos para acceder y utilizar adecuadamente la enorme cantidad de conocimiento disponible no tiene el lugar que debería, Chartier no considera que estemos en presencia de una crisis (en el sentido peyorativo del término) del libro y la lectura. A lo sumo, reconoce que el lector se encuentra inmerso en una contradicción que se define por “la obsesión de la pérdida, que requiere de la acumulación, y la inquietud por el exceso, que exige seleccionar y elegir". En alguna medida, tal vez gran parte de la obra de Chartier sea solo una respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué significa leer para cada etapa de la historia?

Roger Chartier nació en Francia en 1945 y actualmente es Director de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS) de París. Entre sus principales obras se destacan El Mundo como representación (1994), Escribir las prácticas (1996), Historia de la lectura en el Mundo Occidental (1998), El juego de las reglas: Lecturas (2000), Entre poder y placer: Cultura escrita y Literatura en la Edad Moderna (2000), Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones (2000)

Fragmento*:
“La revolución de nuestro presente es, evidentemente, mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores. EL libro impreso, hasta nuestros días, ha sido el heredero directo del manuscrito por la organización en cuadernos, por la jerarquía de los formatos —del folio al libellus—, por las ayudas a la lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla como sustituto del códice, la revolución es mucho más radical, ya que son los modos de organización, estructuración, consulta de lo escrito los que se hallan modificados. Una revolución así requiere entonces de otros términos de comparación.

La larga historia de la lectura nos proporciona los esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento de las dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación de la modalidad física, corporal, del acto de la lectura, e insiste en la importancia decisiva del paso de una lectura necesariamente oralizada, indispensable al lector para la comprensión del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa y visual. Esta revolución atañe a una larga edad media, ya que la lectura silenciosa, al principio restringida a los sriptoria monásticos entre los siglos VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades en el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos más tarde. Su condición de posibilidad es la introducción de la separación entre las palabras por parte de los escribas irlandeses y anglosajones de la alta edad media, y sus efectos son totalmente considerables al abrir la posibilidad de leer más rápidamente y por tanto de leer más textos, y textos más complejos.

Una perspectiva así sugiere dos señalamientos. En principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar la habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos concluir su inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las civilizaciones antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita es la misma que la lengua vernácula, la ausencia de separación entre las palabras no impide de ninguna manera la lectura silenciosa. La práctica común en la antigüedad de la lectura en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta fue sin duda practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más bien hay que atribuirla a una convención cultural que asocia vigorosamente el texto y la voz, la lectura, la declamación y la escucha. Este rasgo subsiste además en la época moderna, entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se convirtió en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura en voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las diversas formas de sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas, y el lector que busca muchos géneros literarios es un lector que lee par los otros o un "lector" que escucha leer. En la Castilla del Siglo de Oro, leer y oír, ver y escuchar son así casi sinónimos, y la lectura en voz alta es la lectura implícita de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos, la comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas sus formas, hasta el Quijote, la historia en sí.

Segunda observación en forma de pregunta: ¿no habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito que a su modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura esencial en el siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo investido de una función de conservación y de memorización, sino que se compone y copia con fines de lectura, entendida como un trabajo intelectual. A un modelo monástico de la escritura sucede, en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de la lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído, compendia el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta usos ante todo religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada por el fiel, la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas todo cambia: el lugar de la producción del libro, que pasa del scriptorium a la tienda del librero estacionario; las formas del libro, con la multiplicación de abreviaturas, señales, glosas y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus) y de la doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa no pueden pues separase de la mutación principal que transforma la función misma de la escritura.”

(*) Chartier, R. “Del códice a la pantalla: Trayectorias de lo escrito” en Revista Quimera Nº150, Septiembre de 1996.