A.
Neill y la idea Summerhill
En
1960, Alexander Sutherland Neill (1883-1973) publicaba un libro que
generaría una verdadera conmoción en el ámbito
educativo no tanto en su país natal, Inglaterra, donde su proyecto
pedagógico se venía implementando desde la década
del veinte, sino particularmente en los Estados Unidos, donde, por
entonces, la crítica demoledora a las instituciones -en particular
la escuela pública- estaba a la orden del día.
Más allá de haberse constituido en una de las experiencias
más ricas de la pedagogía libertaria, Summerhill fue
-y de algún modo lo sigue siendo- una idea o, si se quiere,
una propuesta de transformar las escuelas en espacios para construir
autonomía, autogobierno, libertad, creación, iniciativa,
relaciones sociales basadas en la comprensión, el respeto y
el amor.
La
propuesta
En
1921, Neill funda en Leiston, un pueblo distante de Londres, una escuela
experimental, en la que los niños y las niñas vivían
en plena libertad y aprendían, centralmente, a autogobernarse.
En Summerhill no había clases obligatorias. Los estudiantes
decidían en qué momento ingresar al aula. Por lo general,
lo hacían al poco tiempo de ingresar, aunque Neill observaba
que, según el tipo de educación de la que provenían,
la resolución podía demorarse como sucedió con
una alumna procedente de un convento que estuvo tres años sin
entrar en la clase. Una vez que resolvían participar de la
actividad, el curso regulaba el hecho de que no faltara o llegara
tarde porque tal actitud conspiraba contra el funcionamiento colectivo.
No había horarios fijos para los trabajos manuales que se desarrollaban
a la tarde, después de las clases. Allí los niños
y niñas aprendían a desarrollar todas sus iniciativas
y a organizar su tiempo.
Frente a la cultura "libresca", Neill y sus maestros propugnaban
por talleres de teatro, de juegos, actividades deportivas y artísticas
que cada estudiante elegía en función de sus intereses.
Tampoco había exámenes finales, salvo que los alumnos
estuvieran interesados en continuar sus estudios universitarios. Y
la autoridad escolar no estaba en manos de sus directivos o maestros
sino que surgía de las asambleas generales de los sábados,
cuando se reunía la comunidad escolar para discutir y resolver
sobre todas las cuestiones atinentes a la vida escolar. El voto de
un alumno era equivalente al de un adulto.
Las
críticas
Una
escuela con estas características, frente la rígida
tradición escolar británica, produjo no sólo
rechazos sino denuncias de todo tipo. Si bien los intentos por cerrarla
fracasaron y hasta se esfumaron presentaciones judiciales contra su
fundador, lo cierto es que la sola existencia de Summerhill enjuiciaba
el rol disciplinador de las instituciones escolares.
La critica era fácil hasta por el simple hecho de que, al entrar
en Summerhill, uno respiraba un aire liberador pero también
observaba una escuela víctima de los estragos que los alumnos
hacían en las paredes y mobiliarios. "Si un niño
necesita un pedazo de metal -confesaba Neill- tomará uno demis
costosos utensilios si es del tamaño que le hace falta".
Los inspectores realizaban voluminosos informes en los que acusaban
la ausencia de personal directivo o la falta de contenidos específicos
para la formación de los estudiantes. Pero, al mismo tiempo,
reconocían la alegría de los niños y niñas,
su capacidad creativa, su curiosidad por aprender otras cosas y su
creciente autonomía.
Con todo, las críticas al emprendimiento de Neill no sólo
provenían de los sectores conservadores. No pocos intelectuales
observaron que entre la vida escolar y fuera de la escuela existía
un abismo casi insalvable. El mundo que les esperaba a sus egresados
no se parecía en nada al espacio democrático y autorregulado
de Summerhill. Por tanto, estarían condenados a enfrentar la
vida real de las instituciones con sus horarios fijos, exigencias
del mercado laboral, falta de solidaridad, etc. Otras críticas
apuntaban al origen social -privilegiado- de los alumnos que asistían
a una escuela arancelada.
En todo caso, atendiendo a algunas de estas observaciones, se reconocen
las contradicciones de un proyecto que se inscribe en un sistema social
que se organiza desde una lógica diferente. En tal sentido,
el futuro de Summerhill no está tanto en las escuelas que recuperen
sus planteos sino más bien en la propuesta de desnaturalizar
la vida escolar (¿por qué horarios fijos, lecturas obligatorias,
sentarse en un pupitre, exámenes finales, etc.?) para pensar
-seguir pensando- en una escuela que forme para la libertad y la solidaridad.
Para conocer un poco más sobre el pensamiento de Alexander
S. Neill, transcribimos un fragmento de "Hablando sobre Summerhill"
-tomado de Universidad abierta, http://www.universidadabierta.edu.mx/Biblio/N/Neill%20A-Summerhill.htm-
donde Neill responde a las preguntas que más habitualmente
le han hecho sobre su proyecto educativo.
Hablando
sobre Summerhill
A. S. Neill.
He
escrito tantos libros sobre educación que posiblemente ya no
encuentre nada nuevo que añadir. Leer los libros que uno mismo
escribe es muy penoso, y es por eso que yo no suelo releer los míos;
así que tal vez en las páginas que siguen me repita
con frecuencia. Aunque no creo que esto importe mucho, pues el lector
olvida pronto lo que lee. Pero el motivo de este libro es, sin embargo,
muy claro: deseo responder a los cientos de preguntas que tantos visitantes
me han formulado. Y la primera cuestión que encabeza la lista
es la siguiente:
¿Por
qué el niño ha de hacer solamente las cosas que le gustan?
¿Por qué, si la vida le exigirá mas tarde miles
de deberes desagradadables?
La
respuesta a esta pregunta requeriría un libro muy grueso. Diremos,
sin embargo, que ser niño no es lo mismo que ser adulto; infancia
quiere decir deseos de jugar y ningún niño juega lo
que debería jugar, es decir, bastante. En Summerhill pensamos
que sólo cuando un niño ha jugado lo suficiente puede
empezar a trabajar y a encarar problemas; lo cual ha sido corroborado
por nuestros ex pupilos, perfectamente capaces de efectuar un trabajo
que reúna muchas dificultades.
Y como tengo para mí que casi todas las personas aborrecen
sus trabajos, suelo preguntar a la gente: "Si usted ganara una
fortuna, ¿conservaría su empleo?" Artistas, médicos,
algunos maestros, músicos, granjeros, contestan que si; pero
muchos responden negativamente, entre ellos los campesinos, dependientes,
oficinistas, mecánicos, choferes, todos los que son, en fin,
piezas de engranaje de un aparato de trabajo y que no pueden ver el
producto completo de su esfuerzo. Es obvio, pues, que la mayor parte
de los empleos carecen de auténtico interés, y a los
jóvenes especialmente les disgustan. Al respecto hace cincuenta
años que William Osler dijo que un hombre ya es viejo a los
cuarenta. Y yo digo que a esa edad es todavía joven, pues he
observado que los hombres que en mi plantilla aceptan un trabajo pesado
-como transportar ladrillos- suelen ser los que ya han sobrepasado
los cuarenta. También los he tenido -son las excepciones- más
jóvenes; pero los que estaban por debajo de los cuarenta, sólo
hubieran hecho ese trabajo si les hubiera sido ordenado. En general,
el trabajo es una pesadez odiosa, y la pronta automatización
va a librar a muchas personas de su monotonía; pero entonces
el problema de paz se plantea de este modo: ¿Cómo la
futura sociedad modelada, estandarizada podrá sobrevivir bajo
la automatización? El hogar y la escuela, ahogan la libertad,
la iniciativa, la creatividad; ambas -hogar y escuela- enseñan
al joven cómo pensar y vivir; para lo que le cargan con un
bagaje de tabúes. Mucho me temo, pues, que cuando el ocio sea
la norma general en nuestra sociedad, los obreros -y por eso mismo,
los patronos- serán incapaces de utilizar tal ocio. La prueba
de ello está en la comprobación de lo que sucede actualmente:
el ocio de que poco a poco el hombre va gozando está empleado
en juegos de mesa, en música pop, en mirar a una pantalla de
televisión, o a un grupo de individuos que dan patadas a un
balón; ocupaciones todas ellas que ni en lo más mínimo
tienen algo de creativas o culturales.
Pero en este punto, uno ha de estar alerta, porque ¿qué
es cultura? Para ustedes, para mí eso puede ser poesía,
música, teatro; pero para el joven es algo muy diferente. Mis
discípulos disfrutan tanto oyendo un disco de los Beatles como
yo con mi ópera favorita, "Die Meistersinger"; pero
en cambio no resisten la lectura de los libros que yo leía
en mi juventud..., Conan Doyle, Anthony Hope, Kipling, por ejemplo,
y se entusiasman con las historietas del espacio. Y, ¿quién
de nosotros se atreve a afirmar que nuestra cultura es superior a
la de ellos? Después de todo, la cultura es un movimiento minoritario.
¿Cuántos de nosotros hemos leído a Keats o a
Shelley, Tennyson, Browning? ¿Quién lee a Samuel Johnson
o a Dryden? Lo más popularizado es tal vez la música;
todo el mundo ha escuchado a Beethoven o a Chopin. Sin embargo, cuando
hace sesenta años solía asistir a los conciertos del
sábado -obras de Paderewski, Pachmann, Elman, Siloti, Lamond-
la sala siempre se encontraba abarrotada.
La televisión ha llevado a la gente cierta clase de teatro
y también el ballet. El cine, por otra parte, ha dado mucha
cultura a muchos. El problema, empero, es que casi todo lo exhibido
es efímero; de suerte que un filme de verdad bueno raramente
es proyectado más de una vez. Yo daría cualquier cosa
por ver una película con Greta Garbo; pero el cine hace que
todo pase. ¡Oh, volver a ver otra vez a Buster Keaton con su
cara de bufón!
Como siempre, me he desviado del tema. Esto es uno de mis mayores
encantos, me dicen algunos. Y yo digo que un escritor aburrido es
aquel que nos amartillea sobre el mismo tema.
Bien, volvamos con los deberes a los que se tiene que enfrentar el
niño. Pero qué palabra tan fea es ésa de deber;
hace recordar a las mujeres que nunca pudieron casarse porque tuvieron
que cuidar de sus madres inválidas. El mismo Freud se espantaría
si viese aflorar el odio de esas mujeres.
Sin embargo, el deber existe. Yo no puedo quedarme en la cama cuando
una clase de matemáticas me está esperando, mis ex pupilos
han de enfrentarse con ciertos deberes hacia sus familias, sus trabajos,
sus vecinos. En cuanto a los niños criados en un ambiente de
libertad, también aceptan sus deberes con facilidad, pero sin
hacer de ellos nunca una obsesión. Es decir, se mantienen equilibrados,
no se obcecan contra aquellos de quienes parten los deberes, que les
ordenan. Si una persona tiene libertad interior, el deber, la obligación,
se simplifican. Sí, la palabra deber es fea. Deber significa
para la mayoría que un muchacho de diecinueve años esté
presto a luchar y a morir por su patria; pero esto se olvida cuando
el deber se refiere a uno mismo... Si se quiere gozar de una vida
sexual sin trabas, todos los pensamientos antivida se revuelven contra
uno. Y es que nuestra sociedad exige el deber de morir, pero no el
de vivir.