-Friederich Fröebel
 


Uno de los aportes más importantes de Friederich Fröebel (Alemania, 1782-1852) la pedagogía fue el término jardín de infantes –kindergarten en su alemán nativo-. Hijo de un pastor protestante, perdió a su madre a los nueves meses de edad. Debido a su carácter solitario e introspectivo, siempre se lo consideró de escasa inteligencia y no apto para las tareas intelectuales. Su formación teórica comenzó en forma autodidacta mientras desarrollaba tareas como guardabosque; una actividad que le permitió largas jornadas de lectura, reflexión y un contacto directo con la naturaleza, un aspecto central de su concepción pedagógica. Por recomendación de un amigo tomó contacto con la obra de Schelling y los poetas románticos alemanes, que constituyeron una profunda influencia sobre su pensamiento acerca de la relación entre la naturaleza, Dios y el hombre. Otra gran inspiración intelectual estuvo dada por su contacto con el gran pedagogo Pestalozzi, con quien estudio durante varios años. Entre las enseñanzas del reconocido pedagogo y su visión religiosa del hombre y su existencia, Fröebel fue delineando su concepción acerca de la educación infantil.
En 1811 Fröebel ingresó a la Universidad de Gotinga con el objetivo profundizar y completar sus estudios filosóficos. Más tarde se dirigió a Berlín donde también dedicó gran parte de su tiempo a la formación intelectual. Posteriormente, preocupado por mejorar el sistema educativo alemán, sus actividades se centraron en la fundación de varios institutos educativos. Por esa época, en 1826 para ser exactos, escribió y publicó su obra fundamental, La educación del hombre. Ya en 1840 creó, en Bad Blankenburg, el Kindergarten, donde pudo llevar a la práctica muchas de sus ideas pedagógicas. Edificada sobre cuatro principios fundamentales -la libre expresión del alumno, el estimulo a su creatividad, participación social y motricidad-, concebía la educación de los niños directamente ligada a lo lúdico: “el juego es la más alta forma de desarrollo humano en la niñez, porque es en sí mismo la más libre expresión de lo que habita en el alma del niño”.
La necesidad de conformar un espacio donde el juego fuera el principal protagonista de la educación de los niños y niñas, lo condujo a poner especial atención en la preparación de los maestros y del material pedagógico adecuado para ese objetivo. Pero además de esto, Fröebel estuvo siempre preocupado por uno lo que consideraba uno de los aspectos centrales para la educación infantil: la familia. Para Fröebel “la unión de la familia y la escuela es un requisito indispensable para la educación”, y el jardín debía ser una extensión del hogar. De ahí su interés por la formación de las madres, donde, según sus palabras, “descansaba el destino de las naciones”. Su concepción de la educación se basaba en el desarrollo de la asociación entre juego y trabajo; esta articulación constituyó el eje fundamental sobre el que se organizó todo el funcionamiento del Kindergarten.
En 1848 el gobierno prusiano cerró el Kindergarten como represalia a las ideas innovadoras que allí se desarrollaban. Fröebel murió cuatro años más tarde. Sus ideas pedagógicas cruzaron el Atlántico de la mano de emigrantes alemanes que se dirigían a los Estados Unidos. Una vez allí fundaron instituciones escolares destinadas a la educación de los hijos de esos inmigrantes respetando los principios ideados por este gran pedagogo. En la actualidad, el jardín de infantes forma parte de la mayoría de los sistemas públicos de enseñanza en casi todos los países.

Fragmento (*):

La escuela

“La escuela tiene por objeto dar a conocer al joven la esencia, el interior de las cosas, y la relación que tienen entre sí, con el hombre y con el alumno, a fin de mostrarle el principio vivificador de todas las cosas y su relación con Dios. El fin de la enseñanza está en referir a Dios la unidad y las diversas condiciones de todas las cosas, para que el hombre pueda obrar en la vida según las leyes de Dios. El camino para llegar a esto, es la enseñanza o la instrucción.
La escuela, la enseñanza, presenta al alumno una especie de similitud entre el mundo exterior y él mismo, aparecido en este mundo, y sin embargo le muestra el mundo como cosa que le es perfectamente, opuesta, extraña y en completo contraste con él. Más adelante, la escuela lo hará distinguir las relaciones individuales de las cosas entre ellas, y le demostrará la comunidad intelectual de las mismas. El alumno será llevado, por el conocimiento de las cosas, a comprender su valor intelectual. De esta suerte, llega el niño a penetrar el interior de las cosas por medio de su aspecto exterior, acto que corresponde con el de su salida de la casa paterna para ingresar en la escuela. No damos a esta enseñanza el dictado de escuela por la sola razón de que disponga al niño a apropiarse una cantidad mayor o menor de cosas exteriormente variadas, sino porque esta enseñanza es el soplo intelectual que anima todas las cosas a los ojos del hombre.
Que todos aquellos a quienes incumben la conducta, la dirección y el establecimiento de las escuelas, reflexionen bien sobre esta verdad, y hagan prácticamente de la misma todo el caso que merece.
La escuela debe tener una noción real de sí propia, un exacto conocimiento del mundo exterior y del niño; debe poseer el conocimiento del ser de uno y otro, a fin de operar la unión entre ambos; debe poder ofrecerse como árbitro entre ambos, dar a cada uno de ellos el lenguaje, el modo de expresión y la inteligencia recíproca. La acción de la escuela es capital, y su resultado, mayor. He ahí porqué quien profesa este arte superior, es apellidado maestro, y como enseña al joven la manera de hallar la unidad que reina en todas las cosas, se le apellida maestro de escuela.
La aspiración hacia ese conocimiento del interior de las cosas, la fe, la confianza que deposita el alumno en el maestro que debe suministrarle ese conocimiento, forman desde luego un lazo invisible, mas dichoso, entre ellos. El presentimiento, la fe, la esperanza que en otro tiempo unían al niño a su maestro, eran el poderoso medio de que los antiguos maestros de escuela se servían para responder a las exigencias de la vida interior del niño. Obtenían así de sus alumnos mucho más de lo que obtienen hoy sus sucesores, los cuales, haciendo aprender a sus discípulos buena cantidad de cosas, olvidan mostrárselas en su unidad intelectual e interna.
No se nos arguya que, si la escuela tiene realmente un fin tan elevado y tan noble, si su importancia consiste sobre todo en ser la imagen de lo intelectual y de lo interior de las cosas, no se nos arguya, repetimos, que su aspecto exterior lo revela poco, ostensiblemente, ya cuando el sastre, convertido en maestro de escuela, se sienta sobre la mesa como sobre un trono, mientras sus alumnos, en torno suyo, recitan o cantan el alfabeto, ya citando el leñador, retirado en el seno de su ahumada choza, explica lecciones a los niños (20). ¿Qué importa la simplicidad o la vulgaridad del escenario? ¿No hay, por ventura, en esta sombría cabaña del leñador, en esta modesta vivienda del sastre, un soplo que la anima y la vivifica? ¡Ah sí! ¿Pues cómo explicarse de otro modo que al ciego le sea dado indicar el camino al paralítico, y al cojo restituir al doliente el uso de sus piernas? Ese soplo es el presentimiento, la fe, la esperanza del niño que aguarda del maestro de escuela el medio de unir íntimamente lo que exteriormente está separado, el medio de infundir la vida a cosas que parecen privadas de ella, el medio, en fin, de dar a todo lo que existe una determinación verdadera.
Por vago a oscuro que sea ese presentimiento, sólo por medio del mismo puede eficazmente influir el maestro de escuela sobre el espíritu del alumno; ese presentimiento es el soplo de aire vivificador que cambia en alimentos sustanciales para la mente y el corazón del alumno, las piedras mismas que su maestro le dé como alimento, y este soplo vivificador anima hasta los muros sombríos y ahumados del local de la escuela, y hace que ésta sea estimada por el alumno.
El espíritu de la escuela, el soplo que la anima no viene de fuera. Por materialmente ventiladas que estén las escuelas, no lo están verdaderamente sino mientras reina en ellas la vida intelectual, el soplo real de la vida. Los locales espaciosos, y ventilados son ciertamente preciosos a los ojos del maestro y de los alumnos; pero estas condiciones no bastan; conviene, como acabamos de decir, que, las clases estén intelectualmente vivificadas y aireadas.
Esas disposiciones del niño para con el maestro disponen a la ejecución de obras capitales en la escuela tal como acabamos de delinearla porque el niño entra en ella, persuadido de que va a aprender allí cosas que no podrá aprender en otro sitio, y de que allí recibirá los alimentos, que excitarán y satisfarán más y más en él el hambre y la sed intelectuales.
La fe en su institutor, hace que el alumno halle en el lenguaje y en la enseñanza de éste el sentido intelectual, que no siempre es fácil encontrar; la facultad digestiva de la inteligencia del niño, bien ejercida y desarrollada, le llevará asimismo a hallar un elemento nutritivo hasta en los trozos de madera o en las aristas de paja presentadas a su observación. Así, pues, si a los ojos de este niño animado por la fe y la confianza, el sastre, el leñador o el tejedor desaparecen para no ser sino el maestro de escuela, ¿qué prestigio no ejercerán sobre él el pedagogo de la aldea y los de las ciudades?”

(*) Fröebel, Friederich. “La escuela” en La educación del hombre, 1913, Madrid.