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Nacido
en Konigsberg, Prusia oriental, el 22 de abril de 1724, Immanuel Kant
fue sin lugar a dudas uno de los más importantes filósofos
de la historia. Interesado en principio por la teología, producto
quizás de haber sido criado en un hogar pietista, luego se aboca
al estudio de las matemáticas, la física newtoniana, las
ciencias naturales y la filosofía. En 1755 obtiene el título
de Doctor en Filosofía con una disertación titulada “Sobre
el fuego”, en 1770 toma posesión de la cátedra de
Lógica y Metafísica en la Universidad de Konigsberg con
la famosa disertación “Sobre la forma y principios del
mundo sensible
e intelegible”, considerada como el inicio del denominado período
crítico de su pensamiento, en el cual Kant desarrollará
su propio sistema filosófico.
Con la publicación, en 1781, de la Crítica de la Razón
Pura, quizás su obra más importante, Kant sienta las bases
de su crítica a las dos escuelas filosóficas dominantes
de su época, el racionalismo y el empirismo. Allí intenta
una síntesis superadora de ambas corrientes, estableciendo aquello
que el hombre puede conocer y afirmando que el conocimiento no es exclusivo
de la experiencia sensible, sino que, por el contrario, el sujeto le
imprime a la realidad una serie de categorías para poder comprenderla.
La otra gran preocupación de Kant era la moral o, lo que es lo
mismo, encontrar la respuesta a la pregunta ¿qué debo
hacer? En consonancia con el espíritu de la Ilustración,
dominante en gran parte de Europa por esa época y del cual Kant
era gran admirador, el camino para encontrar esa respuesta era el de
la razón. Y Kant lo emprendió con su segunda gran obra
la Crítica de la razón práctica.
Para Kant es necesario un principio moral a priori, derivado de la razón
humana, que establezca los principios de la acción producto de
la voluntad del ser humano. Kant denomina este principio moral imperativo
categórico, y puede resumirse en una de sus frases más
célebres “obra sólo de acuerdo con la máxima
por la cual puedas al mismo tiempo querer que se convierta en ley universal”.
El imperativo categórico no determina lo que el hombre debe querer,
sino cómo debe quererlo. Y tal vez aquí residan los motivos
que llevaron a Kant a reflexionar sobre la educación ¿cómo
educar al hombre para que actúe conforme a este imperativo? ¿quiénes
deben llevar a cabo esta actividad? ¿cuál debe ser el
fin de toda pedagogía?
Las respuestas a las preguntas anteriores, Kant las brinda en una serie
de lecciones publicadas bajo el título Tratado de Pedagogía
o Sobre Pedagogía, donde el filósofo reflexiona sobre
la importancia de la racionalización de la educación para
el perfeccionamiento del hombre y de la sociedad.
Kant parte de considerar a la educación y al gobierno como las
artes más difíciles para el hombre. La dificultad está
dada porque la naturaleza no nos ha proporcionado el instinto necesario
para ninguna de ellas, y porque el ser humano es la única criatura
que necesita de educación – instrucción y disciplina-
además de cuidado. La educación es un arte porque únicamente
por su intermedio, afirma Kant, el hombre llega a ser hombre y la especie
humana puede alcanzar su perfección. Entonces, la educación
está dirigida al desarrollo de una serie de disposiciones naturales
que el hombre posee. Pero, a diferencia de los animales, el hombre no
puede hacerlo solo, de allí la importancia otorgada por Kant
al diseño e implementación de una pedagogía razonada
–en contraposición a la mecánica llena de ensayos
y errores y practicada en el ámbito doméstico por los
padres- donde el objetivo de la educación no esté puesto
en el mundo presente tal como es, sino en un mejor porvenir, ya que
“una buena educación es precisamente el origen de todo
el bien en el mundo”.
El problema que se le presenta aquí a Kant es decidir en quién
depositar la responsabilidad de la tarea educativa (¿en el príncipe
o en los súbditos?). Según su parecer, los príncipes
sólo tienen en vista el bien del Estado, no una mejor condición
para la humanidad, y consideran a sus súbditos meros instrumentos;
en cuanto a los padres, sólo se preocupan de que sus hijos prosperen
en el mundo. “Los padres cuidan de la casa, los príncipes
del estado”. De ahí que considere que la tarea educativa,
necesariamente universal y cosmopolita, y la organización de
las escuelas dependa de las personalidades más ilustradas e interesadas
en “un mundo mejor y capaces de concebir la idea de un estado
futuro más perfecto”. Para esto deberán procurar
el desenvolvimiento de la humanidad y que ésta, además
de ser hábil, llegue a ser moral, que sepa distinguir lo bueno
de lo malo, y, lo más difícil: que las generaciones futuras
superen lo que sus maestros han sido.
A continuación, reproducimos dos fragmentos de Sobre Pedagogía
(el texto completo está disponible en Internet) en donde Kant
desarrolla alguna de las cuestiones mencionadas.
“Únicamente
por la educación el hombre puede llegar a ser hombre. No es,
sino lo que la educación lo hace ser. Se ha de observar que el
hombre no es educado más que por hombres, que igualmente están
educados. De aquí, que la falta de disciplina y de instrucción
de algunos, los hace también, a su vez, ser malos educadores
de sus alumnos. Si un ser de una especie superior recibiera algún
día nuestra educación, veríamos entonces lo que
el hombre pudiera llegar a ser. Pero como la educación, en parte,
enseña algo al hombre y, en parte, lo educa también, no
se puede saber hasta dónde llegan sus disposiciones naturales.
Si al menos se hiciera un experimento con el apoyo de los poderosos
y con las fuerzas reunidas de muchos, nos aclararía esto lo que
puede el hombre dar de sí. Pero es una observación tan
importante para un espíritu especulativo, como triste para un
amigo del hombre, ver cómo los poderosos, la mayor parte de las
veces, no se cuidan más que de sí y no contribuyen a los
importantes experimentos de la educación, para que la naturaleza
avance un poco hacia la perfección.
No hay nadie que haya sido descuidado en su juventud, que no comprenda,
cuando viejo, en qué fue abandonado, bien sea en disciplina,
bien en cultura (que así puede llamarse la instrucción).
El que no es ilustrado es necio, quien no es disciplinado es salvaje.
La falta de disciplina es un mal mayor que la falta de cultura; ésta
puede adquirirse más tarde, mientras que la barbarie no puede
corregirse nunca. Es probable que la educación vaya mejorándose
constantemente, y que cada generación dé un paso hacia
la perfección de la humanidad; pues tras la educación
está el gran secreto de la perfección de la naturaleza
humana. Desde ahora puede ocurrir esto; porque se empieza a juzgar con
acierto y a ver con claridad lo que propiamente conviene a una buena
educación. Encanta imaginarse que la naturaleza humana se desenvolverá
cada vez mejor por la educación, y que ello se puede producir
en una forma adecuada a la humanidad. Descúbrese aquí
la perspectiva de una dicha futura para la especie humana.”
“El hombre puede considerar como los dos descubrimientos más
difíciles: el arte del gobierno y el de la educación y,
sin embargo, se discute aún sobre estas ideas.
¿Por dónde, pues, empezaremos el desenvolvimiento de las
disposiciones humanas? ¿Debemos partir del estado inculto, o
por uno ya cultivado? Es difícil imaginarse un desarrollo partiendo
de la barbarie (por esto lo es también el concepto de los primeros
hombres), y vemos que, iniciándose aquél en semejante
estado, se ha vuelto siempre a caer en la animalidad, y que otra vez
se han necesitado numerosos esfuerzos para elevarse. En los más
antiguos informes escritos dejados por pueblos muy civilizados, encontramos
que estaban en una gran proximidad a la barbarie -¿y qué
grado de cultura no supone ya el escribir?- tanto que respecto al hombre
civilizado, se podría llamar al comienzo del arte de la escritura
el principio del mundo.
Toda educación es un arte, porque las disposiciones naturales
del hombre no se desarrollan por sí mismas. La Naturaleza no
le ha dado para ello ningún instinto. Tanto el origen como el
proceso de este arte es: o bien mecánico, sin plan, sujeto a
las circunstancias dadas, o razonado. El arte de la educación,
se origina mecánicamente en las ocasiones variables donde aprendemos
si algo es útil o perjudicial al hombre. Todo arte de la educación
que procede sólo mecánicamente, ha de contener faltas
y errores, por carecer de plan en que fundarse. El arte de la educación
o pedagogía, necesita ser razonado, si ha de desarrollar la naturaleza
humana para que pueda alcanzar su destino. Los padres ya educados son
ejemplos, conforme a los cuales se educan sus hijos, tomándolos
por modelo. Si éstos han de llegar a ser mejores, preciso es
que la Pedagogía sea una disciplina; si no, nada hay que esperar
de ellos, y los mal educados, educarán mal a los demás.
En el arte de la educación se ha de cambiar lo mecánico
en ciencia: de otro modo, jamás sería un esfuerzo coherente,
y una generación derribaría lo que otra hubiera construido.
Un principio del arte de la educación, que en particular debían
tener presente los hombres que hacen sus planes es que no se debe educar
los niños conforme al presente, sino conforme a un estado mejor,
posible en lo futuro, de la especie humana; es decir, conforme a la
idea de humanidad y de su completo destino. Este principio es de la
mayor importancia.
Los padres, en general, no educan a sus hijos más que en vista
del mundo presente, aunque esté muy corrompido. Deberían,
por el contrario, educarles para que más tarde pudiera producirse
un estado mejor. Pero aquí se encuentran dos obstáculos:
a) Los padres sólo se preocupan, ordinariamente, de que sus hijos
prosperen en el mundo, y b) los príncipes no consideran a sus
súbditos más que como instrumentos de sus deseos.
Los padres, cuidan de la casa; los príncipes, del Estado. Ni
unos ni otros se ponen como fin un mejor mundo (Weltbeste), ni la perfección
a que está destinada la humanidad y para lo cual tiene disposiciones.
Las bases de un plan de educación han de hacerse cosmopolitamente.
¿Es que el bien universal es una idea que puede ser nociva a
nuestro bien particular? De ningún modo; pues aunque parece que
ha de hacerse algún sacrificio por ella, se favorece, sin embargo,
el bien de su estado actual. Y entonces, ¡qué nobles consecuencias
le acompañan! Una buena educación es precisamente el origen
de todo el bien en el mundo. Es necesario que los gérmenes que
yacen en el hombre sean cada vez más desarrollados; pues no se
encuentran en sus disposiciones los fundamentos para el mal. La única
causa del mal es el no someter la Naturaleza a reglas. En los hombres
solamente hay gérmenes para el bien.
¿De dónde debe venir, pues, el mejor estado del mundo?
¿De los príncipes o de los súbditos? ¿Deben
éstos mejorarse por sí mismos y salir al encuentro, en
medio del camino, de un buen gobierno? Si los príncipes deben
introducir la mejora, hay que mejorar primero su educación; porque
durante mucho tiempo se ha cometido la gran falta de no contrariarles
en su juventud. El árbol plantado solo en un campo, crece torcido
y extiende sus ramas a lo lejos; por el contrario, el árbol que
se alza en medio de un bosque, crece derecho por la resistencia que
le oponen los árboles próximos, y busca sobre sí
la luz y el sol. Lo mismo ocurre con los príncipes. Sin embargo,
es mejor que los eduque uno de sus súbditos, que uno de sus iguales.
Sólo podemos esperar que el bien venga de arriba, cuando su educación
sea la mejor. Por esto, lo principal aquí son los esfuerzos de
los particulares, y no la cooperación de los príncipes,
como pensaban Basedow y otros; pues la experiencia enseña que
no tienen tanto a la vista un mejor mundo como el bien del Estado, para
poder alcanzar así sus fines. Cuando dan dinero con este propósito
hay que atenerse a su parecer, porque trazan el plan. Lo mismo sucede
en todo lo que se refiere a la cultura del espíritu humano y
al aumento de los conocimientos del hombre. El poder y el dinero no
los crean, a lo más, los facilitan; aunque podrían producirlos,
si la economía del Estado no calculara los impuestos únicamente
para su caja. Tampoco lo han hecho hasta ahora las Academias, y nunca
ha habido menos señales que hoy de que lo hagan.
Según esto, la organización de las escuelas no debía
depender más que del juicio de los conocedores más ilustrados.
Toda cultura empieza por los particulares, y de aquí se extiende
a los demás. La aproximación lenta de la naturaleza humana
a su fin, sólo es posible mediante los esfuerzos de las personas
de sentimientos bastante grandes para interesarse por un mundo mejor,
y capaces de concebir la idea de un estado futuro más perfecto.
No obstante, aún hay más de un príncipe que sólo,
considera a su pueblo, poco más o menos, como una parte del reino
natural, que no piensa sino en reproducirse. Le desea, a lo más,
cierta habilidad, pero solamente para poder servirse de él, como
mejor instrumento, de sus propósitos. Los particulares, sin duda,
han de tener presente, en primer lugar, el fin de la naturaleza; pero
necesitan mirar, sobre todo, el desenvolvimiento de la humanidad, y
procurar que ésta no sólo llegue a ser hábil, sino
también moral y, lo que es más difícil, tratar
de que la posteridad vaya más allá de lo que ellos mismos
han ido.
Por la educación, el hombre ha de ser, pues:
a) Disciplinado. Disciplinar es tratar de impedir que la animalidad
se extienda a la humanidad, tanto en el hombre individual, como en el
hombre social. Así, pues, la disciplina es meramente la sumisión
de la barbarie.
b) Cultivado. La cultura comprende la instrucción y la enseñanza.
Proporciona la habilidad, que es la posesión de una facultad
por la cual se alcanzan todos los fines propuestos. Por tanto, no determina
ningún fin, sino que lo deja a merced de las circunstancias.
Algunas habilidades son buenas en todos los casos; por ejemplo, el leer
y escribir; otras no lo son más que para algunos fines, por ejemplo,
la música. La habilidad es, en cierto modo, infinita por la multitud
de los fines.
c) Es preciso atender a que el hombre sea también prudente, a
que se adapte a la sociedad humana para que sea querido y tenga influencia.
Aquí corresponde una especie de enseñanza que se llama
la civilidad. Exige ésta buenas maneras, amabilidad y una cierta
prudencia, mediante las cuales pueda servirse de todos los hombres para
sus fines. Se rige por el gusto variable de cada época. Así,
agradaban aún hace pocos años las ceremonias en el trato
social.
d) Hay que atender a la moralización. El hombre no sólo
debe ser hábil para todos los fines, sino que ha de tener también
un criterio con arreglo al cual sólo escoja los buenos. Estos
buenos fines son los que necesariamente aprueba cada uno y que al mismo
tiempo pueden ser fines para todos. |
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