Los
alumnos de Barbiana
En 1967, un grupo
de ocho alumnos de una escuela de Italia, en una pequeña y
remota aldea trepada a la montaña, escribió una suerte
de manifiesto colectivo que, si bien estaba destinado a una profesora
imaginaria, interpelaba a los maestros reales que habían tenido
en su historia de fracasos escolares, al sistema educativo y, en última
instancia, a la sociedad que les había reservado el peor lugar
y el peor futuro: la pobreza, la marginación, la desposesión.
Poco tiempo después, las revueltas estudiantiles que conmoverían
a Italia -en sintonía con aquellas otras que estallaban en
el "Mayo francés", en Berlín, en Córdoba
y Buenos Aires- recuperarían algunas de las frases de aquella
larga carta para transformarlas en consignas de un enfrentamiento
con un aparato escolar y universitario al que se lo consideraba como
absolutamente funcional a los intereses de las clases privilegiadas.
"No a la escuela de clase. No a la enseñanza de los patrones.
Nos quieren neutrales para que seamos cómplices", fueron
algunas de las frases que dispararon los estudiantes italianos para
agitar y organizar su movilización.
El texto del que hablamos se tituló "Cartas a una profesora"
y se convirtió en un documento no sólo para denunciar
el carácter de clase de la escuela italiana de entonces sino
también para enjuiciar al sistema educativo y político
en su conjunto.
Desde 1954, un cura florentino, Lorenzo Milani, se hizo cargo de la
escuela de Barbiana. No se trataba de un cura común pero tampoco
de una solitaria excepción. A mediados de los sesenta, obispos
y sacerdotes de muchos países comenzaban a plantear la necesidad
de que la iglesia llevara a la práctica su "opción
por los pobres". Se trataba del movimiento de la teología
de la liberación o de los curas del tercer mundo.
En ese marco o desde esa concepción, Milani leyó la
realidad de aquella pobre aldea de Italia. Al disponer una escuela
sin centro, favoreció el encuentro, la palabra y el aprendizaje
autónomo de aquellos estudiantes que llegaban allí con
sus fracasos escolares en los institutos oficiales a cuestas. En otras
palabras, a la relación monológica contrapuso, como
en el nordeste brasileño lo hizo Paulo Freire, el diálogo.
Eso, además de su marco teórico y su perspectiva crítica,
le permitió escuchar las razones de aquellos estudiantes quienes
le mostraban cómo sus fracasos no les pertenecían a
ellos sino al sistema que estaba diseñado para expulsarlos.
Los jóvenes, entre trece y dieciseis años, eran los
echados, los "tontos", los que no aprendían nunca
la lección, quienes no tenían remedio, quienes "naturalmente"
debían quedar afuera. Siempre lo fueron. Pero, en la escuela
de Barbiana, lo comprendieron de un modo radical. En primer lugar,
entendieron que su problema no era individual. Los jóvenes
italianos de las clases populares incrementaban las estadísticas
de repitentes o de deserción. En segundo lugar, comenzaron
a revelar las causas económicas, sociales y políticas
que determinaban su posición desventajosa. Finalmente, aprendieron
a conquistar las palabras que les permitirían hacer pública
su situación y reclamar justicia.
Milani -según cuentan- los recibía diciéndoles
que en la escuela conocerían doscientas palabras, pero que
el patrón conoce unas mil. Y ésta era, concluía,
una de las razones por las cuales seguía habiendo patrones
y esclavos. Para el cura florentino, la educación sólo
podía concebirse como diálogo de los que no tienen voz
y como instrumento para su liberación.
No hay autor de las "Cartas a una profesora". O son los
estudiantes de Bardiana, orientados por Milani. No hay control ni
eufemismo en sus palabras: llaman al pan pan y al desinterés
por los desposeídos, avaricia o egoísmo.
No parece fácil responder en qué medida estas cartas
escritas por jóvenes campesinos que empezaron a descubrir el
mundo en aquella escuelita de aldea todavía pueden interpelarnos,
a nosotros, casi cuatro décadas más tarde. Eso lo dirán
ustedes, al leer algunos de los fragmentos que hemos seleccionado.
Lo que sí es sencillo de advertir es que las causas que generaron
esta respuesta pública tanto tiempo silenciada de aquellos
estudiantes no han variado sustancialmente. Por el contrario, en países
como el nuestro, la escuela más que atenuar las desigualdades
sociales termina por profundizarlas al punto de que los que quedan
afuera, los reprobados, a los que no les da, son siempre los mismos.
Son los Miguel, Manuel, Angelito, Carlos o Luis de Barbiana. O de
Villa Lugano, La Matanza o Castelli. Esos pibes que -imaginemos- un
día resuelven levantarse y escribir en el pizarrón,
en una carta o en un volante: "Toda la cultura de ustedes está
construida de esa manera. Como si el mundo fueran ustedes y nada más".
"Carta
a una profesora"
(fragmentos)
Querida señora:
Usted no se acordará de mí, ni de mi nombre. Eliminó
a tantos.
Yo, en cambio, me acuerdo a menudo de usted, de sus colegas, de esa
institución que ustedes llaman escuela y de los muchachos que
ustedes "rechazan".
Hace un año, en primero de Normal, yo me volví tímido
frente a usted.
Por cierto la timidez me acompañó toda la vida. Cuando
era chico, no levantaba los ojos del suelo. Me pegaba a las paredes
para que no me vieran.
Al principio pensaba que era una enfermedad mía o a lo sumo
de mi familia. Mamá es de las que se asustan ante un formulario
de telegrama. Papá observa y escucha, pero no habla.
Más tarde creí que la timidez era el mal de la gente
de montaña. Los campesinos de la llanura me parecían
seguros de sí mismos. Los obreros, ni qué hablar.
Ahora veo que los obreros dejan a los hijos de papá todos los
puestos de responsabilidad en los partidos y todas las bancas del
parlamento.
Por lo tanto son como nosotros. Y la timidez de los pobres es un misterio
más antiguo. Yo no sé explicárselo porque estoy
adentro. Tal vez no sea cobardía ni heroísmo. Es sólo
falta de prepotencia. [...]
En primaria el Estado me ofreció una escuela de segunda categoría.
Cinco clases en una sola aula. Una quinta parte de la escuela a la
que yo tenía derecho.
Es el sistema que emplean en Estados Unidos para crear las diferencias
entre los blancos y los negros. La escuela peor es para los pobres,
desde chiquitos. [...]
La [escuela] de Barbiana, cuando llegué, no me pareció
una escuela. No había escritorio, ni pizarrón, ni bancos.
Sólo grandes meseas que servían para ponerse a estudiar
y para comer.
De cada libro había solo un ejemplar. Los chicos se amontonaban
para leerlo. Ni nos dábamos cuenta cuando uno de nosotros,
apenas más grande que los demás, estaba enseñando.
El mayor de los maestros tenía dieciséis años.
El menor, de doce años, me llenaba de admiración. Desde
el primer día decidí que yo también iba a enseñar.
[...]
Allí también era dura la vida. Era tanta la disciplina
y tales los escándalos que se armaban, que a uno se le iban
las ganas de volver.
Pero quien no tenía las bases, quien era lento o desganado,
se sentía el predilecto. Era tratado como ustedes tratan al
mejor alumno. Parecía que toda la escuela fuese para él
solamente. [...]
Además, enseñando aprendía muchas cosas.
Por ejemplo, aprendí que el problema de los demás es
igual al mío. Salir de él todos juntos es la política.
Salir de él solos es la avaricia.[...]
No vino ninguna de las niñas de las aldeas. Tal vez por lo
dificultoso de los caminos. Tal vez por la mentalidad de los padres.
Creen que una mujer puede vivir también con un cerebro de gallina.
Los machos no le piden que sea inteligente.
Esto también es racismo. [...]
Manuel tenía 15 años. Un metro setenta de altura, humillado
y adulto. Los profesores lo habían decretado imbécil.
Querían que repitiese primer año por tecera vez.
Juan tenía 14 años. Distraído y alérgico
a la lectura. Los profesores sentencieron que era un delincuente.
Y no estaban tan errados, pero ésa no es una razón para
que se lo saquen de encima. [...]