Una de las grandes
personalidades de la historia latinoamericana de la cual poco se sabe.
La obra de Simón Rodríguez, que abarcó la pedagogía,
la ciencia, el periodismo, la política, entre otras disciplinas,
ha quedado supeditada a la importancia que su persona tuvo en la formación
moral y política de uno de sus alumnos dilectos, Simón
Bolívar. Se estima que nació en Caracas, Venezuela,
en 1769, aunque no hay certeza acerca de la fecha exacta de su nacimiento.
El contexto que rodeaba su infancia y primera adolescencia se caracterizaba
por una división social estamentaria, por la explotación
de las personas, principalmente las nativas y los esclavos, y por
la concentración de la riqueza en las familias poseedoras de
la tierra; aspectos que sin duda calarán hondo en la formación
de su carácter y en sus intereses intelectuales y políticos.
La educación, en ese contexto, no podía ser otra que
elitista, en consonancia con el modelo social imperante. De hecho
la “escuela de primeras letras” – hoy llamada escuela
primaria- tenía una muy poca importancia en la consideración
general. Y es precisamente allí, en la “Escuela de Lectura
y Escritura para Niños”, donde el Ayuntamiento de Caracas
le ofrece un puesto de maestro en 1791. Unos años después,
en 1794, presenta un escrito crítico de la educación
colonial bajo el título “Reflexión sobre los defectos
escolares de la lectura y la escritura de niños y los medios
para alcanzar su reforma y un nuevo sistema”, lo que constituye
un acercamiento original a un sistema escolar moderno.
Su participación, en 1797, en una conspiración abortada
contra la corona española lo obliga a dejar tierra venezolana
y trasladarse a Jamaica. Luego se traslada a Estados Unidos y en 1801
emprende un viaje a Francia. En 1804 se reencuentra en Viena con Bolívar,
de quien había sido tutor durante un tiempo, y juntos emprenden
un viaje por algunos países de Europa. En Italia, Simón
Rodríguez será testigo del juramento de Bolívar
de no descansar hasta ver liberada a América del yugo del imperio
español. Una vez separados, Rodríguez recorre Italia,
Alemania, Polonia, Prusia y Rusia, dedicándose por varios años
a la docencia. En 1823 regresa a América, y al año siguiente
en Bogotá, funda su primera escuela – taller. Años
después, Bolívar lo incorpora al grupo de colaboradores
directos y lo nombra “Director de Enseñanza Pública,
Ciencias Físicas, Matemáticas y de Artes” de la
República Boliviana.
En 1828 publica la obra Sociedades Americanas donde en una frase sintetiza
su idea acerca del camino que debería tomar América
para consolidar su futuro: “La América Española
es Original y Originales han de ser sus instituciones y su gobierno,
y originales sus medios de fundar uno y otro. O inventamos o erramos”.
En Lima, por el año 1831, luego de casarse por segunda vez,
publica su libro Luces y Virtudes Sociales, donde explica su concepción
de la escuela primaria haciendo hincapié en la diferencia entre
educación e instrucción. Ya en 1842 se reedita su obra
Sociedades Americanas y años después en un periódico
de Bogotá su Extracto sucinto a mi obra sobre Educación
Republicana. Gran parte de su obra se perdió a causa de un
incendió que asoló a gran parte de la ciudad de Guayaquil
donde se encontraba residiendo en allá por mediados del siglo
XIX.
Su concepción de la educación aparece delineada en estas
obras y allí puede percibirse la influencia de las corrientes
filosóficas de la Ilustración europea, como Rousseau,
Hobbes, Montesquieu, o Voltaire, entre otros. Para Simón Rodríguez
la educación debe garantizar la emancipación mental
– intelectual tanto del hombre como de los pueblos que desearan
vivir bajo una forma republicana. La educación adquiere un
carácter popular y universal, público y social, pero
sobre todo republicano porque “en el sistema republicano, educar
es crear voluntades (…) porque sólo la educación
impone obligaciones a la voluntad”. Crear voluntades puede interpretarse,
teniendo en cuenta el espíritu del Iluminismo, como la formación
de hombres aptos para ser ciudadanos, hombres que puedan “saber
y hacer”. Simón Rodríguez le adjudica a la primera
escuela una centralidad mayúscula en esta formación
de ciudadanos u hombres republicanos. De allí que se refiera
a ésta como “la escuela por antonomasia” ya que
allí comienza “la vida de las relaciones, con las cosas
y con las personas”.
Se desprende de las concepciones precedentes que la escuela y la educación
tienen para Simón Rodríguez una función política.
Desterrar la ignorancia, establecer la instrucción social para
que el hombre deje “su existencia precaria y su vida miserable”,
difundir y desarrollar las “ideas sociales” para que los
individuos adquieran una “conciencia pública” y
puedan disfrutar del “goce de la ciudadanía”, son
algunas de las múltiples funciones que el “maestro y
político ilustrado” pretendía que la escuela llevara
a cabo en este nuevo paraje del mundo llamado Latinoamérica.
Fragmento
En
su libro El Libertador del Mediodía de América y sus
compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social
(Arequipa, 1830), Simón Rodríguez incluye “Nota
sobre el proyecto de educación popular". Allí vierte
algunas consideraciones en torno a la cuestión educativa y
su desempeño como maestro en la Gran Colombia y la aplicación
del Proyecto de Educación Popular.
“El proyecto
de Educación Popular tiene la desgracia de parecerse a lo que,
en varias partes, se ha emprendido con este nombre —y se practica,
bajo diferentes formas, con un corto número de individuos,
sobre todo en las grandes capitales. Las fundaciones son todas piadosas…Unas
para expósitos—Otras para huérfanos—Otras
para niñas nobles—Otras para hijos de militares—Otras
para inválidos en todas se habla de caridad: no se hicieron
por el bien general, sino por la salvación del fundador o por
la ostentación del Soberano. El Establecimiento que se emprendió
en Bolivia, es social, su combinación es nueva, en una palabra
es LA REPÚBLICA: hay en él lo que se ve en los demás,
porque es una Obra = hay hombres, que son las materias —agentes,
que son los obreros —lugares donde se trabaja, que son los talleres
—Director, que es el maestro —e Inspector (el Gobierno)
que es el dueño. Todos los relojes se componen de ruedas y
resortes, y no son los mismos.
El Director de semejante obra, debe tener más aptitudes que
el Presidente de la República... cuéntense
1ª Moralidad (no escrúpulos monásticos ni gazmoñería).
2ª Espíritu social (por razón, no por imitación
ni por conveniencia).
3ª Conocimiento práctico y CONSUMADO de artes, de oficios
y de ciencias exactas (Economista, no mero especulador).
4ª Conocimiento práctico del Pueblo, y para esto haber
viajado por largo tiempo, en
países donde hay que aprender, y con la intención de
aprender. El Pueblo no se conoce andando por las calles, ni frecuentando
algunas casas pobres, para darles una parte de lo que necesitan, o
para pedirles todo lo que pueden dar.
5ª Modales decentes (sin afectación).
6ª Genio Popular, para saberse abajar a tratar, de igual a igual,
con el ignorante —sobre todo con los niños.
7ª Juicio, para hacer sentir su superioridad sin humillar.
8ª Comunicativo, para enseñar todo lo que sabe, y en esta
cualidad poner su amor propio; no en alucinar con sentencias propias
o ajenas, y hacerse respetar por una ventaja que todos pueden tener,
si emplean su tiempo en estudiar. El que piense en esto reconocerá
que lo que sabe lo debe al pobre que lo mantuvo, por una porción
de años, de estudiante —y que no hizo aquel sacrificio,
sino con la esperanza de tener quien lo enseñase. Los que han
aprendido a expensas de otro, son libros que han costado mucho dinero;
más le habría valido al pobre campesino comprarse una
biblioteca. Los Doctores Americanos no advierten que deben su ciencia
a los indios y a los negros: porque si los Señores Doctores
hubieran tenido que arar, sembrar, recoger, cargar y confeccionar
lo que han comido, vestido y jugado durante su vida inútil...
no sabrían tanto: ... estarían en los campos y serían
tan brutos como sus esclavos — ejemplo los que se han quedado
trabajando con ellos en las minas, en los sembrados detrás
de los bueyes, en los caminos detrás de las mulas, en las canteras,
y en muchas pobres tiendecillas haciendo manteos, casacas, borlas,
zapatos y casullas.
9ª De un humor igual, para ser siempre el mismo con las gentes
que tenga bajo sus órdenes.
10ª Sano, robusto y activo, para transportarse a todos los puntos
donde se trabaje. El Director es el desempeño del Gobierno
—de su intervención depende el buen éxito de la
mayor parte de las providencias; porque casi todas son económicas,
y sin economía no hay Estado. Como Agente inmediato, debe aplicar
la mano a las obras, para enseñar —y estar presente para
hacerlas ejecutar. Desde su casa manda el Gobierno: el que ha de ejecutar
sus órdenes, no ha de estar SENTADO despachando correos, y
cometiendo a otros lo que está obligado a hacer —no puede,
por consiguiente, tener otro empleo, ni tomar el título de
Director Económico por honor, o por el sueldo... porque no
es colocación ni destino, ni suerte, como se dice cuando se
favorece a cualquiera por empeños. La Dirección Económica
no se toma para figurar llenando encabezamientos, y haciendo llenar
sobrescritos con palabras HUECAS. Cuando el Director escriba ha de
decir La Dirección Económica manda que se haga tal cosa.
Y cuando le escriban, le han de superscribir sus cartas, diciéndole
a la Dirección Económica (y nada más) en lugar
de El Excelentísimo Señor Doctor Don Juan José
Antonio Díaz Martínez de Sandoval,
Ulloa de Mendoza, Gran director Principal y General de Dominios Nacionales,
Administrador y Encargado especial y particular de los Ramos Generales
de Educación Nacional, Minas del Estado, Caminos Públicos,
Sendas y Veredas, Fábricas, Manufacturas, Comercio Ultramarino
y Terrestre, Inspector General de la Industria Agrícola, Bosques,
Puertos y Ensenadas, en toda la extensión de la República.
De todas estas cosas, el Sr. Director no sabe sino los nombres, ni
cuida de otra cosa. Sus dependencias lo engañan, él
engaña al Gobierno y el Gobierno al Pueblo. Hablan todos mucho,
y ninguno hace nada.
11ª Debe tener INGENIO, porque en muchísimas ocurrencias
se verá con las dificultades a solas, y tendrá que apelar
a sí mismo para vencerlas. Hay cosas en que, el que manda (sea
lo que fuere) no puede o no debe pedir consejo, o no tiene a quien
pedirlo —es un viaje de alta mar: los marineros sirven de mucho
con arbitrios de maniobra o de industria en casos apurados; pero de
nada en punto a rumbos —ellos manejan las velas; pero sólo
el Piloto manda virar. El Director no ha de estar colgado de libritos,
ni de mapas, ni de recetas, ni los qué lo necesitan han de
estar esperando a que salga del Coro, del Tribunal, de la Aduana,
o de la Secretaría de Estado, ni a que vuelva de su hacienda,
ni a que haya cerrado el Almacén. Ha de tener cabeza y manos
—con cabeza sola sabrá lo que es menester mandar, y con
manos solas, lo hará cuando se lo manden...
12ª Desinteresado, prudente, aficionado a la invención
y a los trabajos mecánicos, estudioso, despreocupado, en fin...
hombre de mundano ha de ser un simple que se deje mandar por los que
manda, ni un necio que se haga valer por el empleo. No habría
con qué pagar un director semejante, si por cada cualidad exigiese
un premio; pero quiere la fortuna que los hombres, tan felizmente
dotados, tengan una inclinación decidida a ocuparse en hacer
bien, y no piensen en atesorar. Es muy fácil obtener los servicios
que pide la Dirección, porque los desean hacer; no obstante,
es muy difícil reducidos a una ciega sumisión: el Gobierno
los debe tratar con decoro, porque como saben comprar su independencia
con el trabajo, no mendigan COLOCACIONES.