mHoracio Quiroga
 


Nuestro fragmento de este mes no pertenece a ningún pensador que haya dedicado parte de su trabajo intelectual a los aspectos vinculados a la cuestión educativa. Hemos elegido, de Horacio Quiroga, el “Decálogo del perfecto cuentista”, un pequeño ensayo donde el escritor menciona algunas de las características que debe poseer y poner en práctica cualquier persona que se decida a realizar esa tarea.

Un maestro en quien creer, asumir que el arte tiene una perfección inalcanzable, la tentación de la imitación, la fe en el propio deseo de expresarse, son algunas de las cuestiones que menciona Quiroga; muy similares, todas ellas, a las que atraviesan y conforman una parte vital de cualquier proceso pedagógico.

Horacio Quiroga nació en Salto, República Oriental del Uruguay, en 1878. Su capacidad para el relato breve lo convirtió en uno de los maestros del cuento latinoamericano, con un estilo que puede ubicarse entre la declinación del modernismo y el surgimiento de las vanguardias.

Desde muy pequeño su vida estaría constantemente atravesada por sucesos dramáticos: cuando tenía apenas tres meses de edad, su padre se mató en un accidente con un arma de fuego; ya de adulto le tocaría a él mismo protagonizar un suceso similar mientras revisaba un arma de fuego y ésta se disparó accidentalmente matando a su amigo, el escritor Federico Ferrando. Estas y otras pérdidas sufridas a lo largo de su vida seguramente influenciaron en el clima de alucinación, crimen y locura que le imprimió a sus cuentos.

Entre sus influencias literarias pueden mencionarse a Kipling, Conrad, pero sobre todo el trabajo de Edgar Allan Poe. Quiroga se suicidó en la ciudad de Buenos Aires el 19 de febrero de 1937 al beber cianuro mientras estaba internado en un hospital porteño.

“Decálogo del perfecto cuentista”, de Horacio Quiroga

I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

FIN