El
error de Pestalozzi
"En
el comienzo -señala Michel Soëtard (1)- todo se redujo
a una experiencia que terminó catatróficamente. Pestalozzi
adquirió en Argovia una propiedad llamada Neuhof y a comienzos
de los años 1770 acogió a los niños pobres de
la vecindad a los que hacía trabajar en el hilado y el tejido
del algodón; el producto de su trabajo serviría para
financiar su formación. Para esa época se trataba de
una empresa absolutamente original, basada en el trabajo administrado
por los propios niños. Para Pestalozzi fue el último
avatar de un importante sueño de juventud". En 1770, la
"empresa educativa" se declararía en quiebra.
¿Qué se proponía el pedagogo suizo Johan Heinrich
Pestalozzi (1746-1827), en una época en que Europa estaba convulsionada
por la Revolución Francesa y la naciente revolución
industrial? Bajo el influjo de Jean Jacques Rosseau (ver Clásicos),
a quien admiraba, intentó superar la contradicción -que
éste había consideraba insalvable- entre la formación
de un hombre libre y la de un ciudadano utilizable, entre la libertad
individual y la necesidad social. En otras palabras, Pestalozzi procuró
unir lo que Rousseau había separado.
La idea de que los alumnos financiaran su propia educación
a partir del trabajo, con el propósito de que no debieran nada
a nadie, se reveló al poco tiempo un error. Pestalozzi no tardó
en descubrir que el sistema económico impone a una pequeña
empresa tales exigencias de rentabilidad que terminan por imponerse
o desnaturalizar el proyecto educativo. Si bien el trabajo es algo
natural al hombre, no lo es el trabajo asalariado que forma parte
de una etapa histórica de la humanidad -el capitalismo- y que
convierte al trabajo humano en mercancía productora de ganancias
para los dueños de la producción. Los niños de
Neuhof no tardaron en señalarle a su maestro que añoraban
aquella época en la que corrían libremente por el campo.
Su obra posterior intentará ser una respuesta al fracaso inicial
que, durante muchos años, condenó al silencio al educador
que había comprendido la contradicción entre la autonomía
humana y la racionalidad económica. Un verdadero problema al
que daría como respuesta la formulación de una teoría
pedagógica que concibe a la escuela como un lugar privilegiado
-entre la familia y la sociedad-, a la labor pedagógica como
una práctica que no se limita a transmitir las experiencias
pasadas sino a favorecer la autoorganización de los estudiantes,
y al método -el "método Pestalozzi" que ejercería
una notable influencia durante todo el siglo XIX- como un instrumento
del pedagogo para generar la máxima autonomía.
La escuela, en tensión con la cálida vida familiar y
la frialdad del mercado, tiene como misión instituir la libertad,
de manera viva, reflexiva y práctica. De allí que el
proceso educativo para Pestalozzi implique la articulación
del corazón, la cabeza y la mano, tres componentes que deben
operar en equilibrio en cada una de las etapas pedagógicas,
en cualquier disciplina.
Así, Pestalozzi pasó de la gestión de una empresa
por los niños -una suerte de democracia autogestiva pero determinada
por las leyes del mercado- a la búsqueda de "una humanidad
social lo más cercana posible al deseo de cada uno y al interés
de todos, pero que deberá superarse continuamente en la acción"
(2).
Más allá de la solución pestalozziana, lo cierto
es que el problema -la contradicción- que descubre en su inicial
experiencia pedagógica sigue vigente: cómo armonizar
la función integradora social de la educación y el deber
de promover la libertad de los individuos. O mejor, para qué
sociedad formar a nuestros alumnos. Problemas que se presentan en
la práctica cotidiana del aula, pero cuya superación
no depende de la buena o mala voluntad de un docente sino de un proyecto
social mayor que nos reclama a todos.
Una de los textos más importantes del pedagogo suizo es Cartas
sobre educación infantil, un conjunto de 34 epístolas
dirigidas a su amigo inglés James Pierpoint Greaves, escritas
entre 1818-1819. De allí seleccionamos la carta número
29, fechada el 4 de abril de 1819.
(1)
Utilizamos como fuente para este artículo, el ensayo de Michel
Soëtard, Johan Heinrich Pestalozzi (1746-1827), http://www.ibe.unesco.org/International/Publications/Thinkers/thinhome.htm
(2) Ídem.
Carta 29 de Johann Heinrich Pestalozzi a James Pierpoint Greaves
Apreciado
Greaves:
(...)
Muy bien está que a un niño se le haga leer, escribir
y repetir las cosas, pero es todavía más importante
enseñarle a pensar. Podemos aprovecharnos de las opiniones
de los demás y sacar alguna ventaja del hecho de conocerlas;
pero podemos, además, hacernos nosotros mismos útiles
a las otras personas mediante el trabajo de nuestro propio entendimiento,
los resultados de nuestras investigaciones personales y también
por medio de aquellas ideas y realizaciones que podríamos denominar
nuestro patrimonio intelectual. Sólo así nos hacemos
acreedores al derecho de tenernos por miembros valiosos de la sociedad.
Y no estoy hablando de aquellas ideas rectoras que se expanden de
tiempo en tiempo y que hacen prosperar y enriquecen mucho a la ciencia
y a la humanidad. Me refiero a aquel patrimonio de bienes intelectuales
que todo el mundo, incluso la persona más modesta, puede adquirir
a lo largo del camino de la vida. Estoy aludiendo a aquel hábito
de reflexión que en cualquier situación de la vida nos
libra de comportarnos estúpidamente y a consecuencia del cual
examina uno todo cuanto le viene al entendimiento; aquel hábito
de reflexión que descarta la presunción del ignorante
y la ligereza de un saber superficial, que puede llevar a la persona
a la humilde convicción de que sabe poco sin duda, pero también
a la honrosa conciencia de que eso poco que sabe lo sabe bien. Nada
hay que contribuya tanto a que se cree ese hábito como un pronto
desarrollo del pensar en la inteligencia infantil, entiéndase
del pensar ordenado y personal.
La madre no puede consentir que se la quiera apartar de esa tarea
por pretenderse que el entendimiento infantil es aún incapaz
de esfuerzos de esta índole. Me atrevo a afirmar que quienes
formulan tal objeción no tienen ni un mínimo conocimiento
práctico del asunto ni tampoco interés moral en enterarse
del mismo, pese a que en los demás campos se muestren pensadores
profundos y teóricos notables. Siempre me fiaré más
del saber de una madre adquirido por la experiencia y los esfuerzos
a que le ha movido su amor maternal, de ese saber empírico
incluso de una madre ignorante, que de las especulaciones teóricas
de un filósofo extraordinariamente ingenioso. Hay casos en
los que el sentido común y un corazón ardiente llevan
más lejos que un entendimiento cultivado, frío y calculador.
(...)
Si una madre pide que se le indiquen las cosas que mejor pueden servir
para desarrollar el pensamiento, le responderé que cualquier
objeto vale para ello si se lo emplea de un modo tal que se acomode
a las facultades del niño. No hay que perder nunca de vista
que el saber escoger el objeto que mejor sirva para la explicación
de una verdad es algo que depende del arte del maestro. No hay cosa
alguna tan insignificante que no pueda hacerse interesante en las
manos de un hábil maestro, cuando no por su propia naturaleza,
al menos por el modo como es tratada. Para un niño todo resulta
nuevo. Es cierto que el encanto de la novedad pasa pronto; acaba con
él no sólo la orgullosa superioridad de los años
maduros, sino también la impaciencia propia de la niñez.
Mas le queda al maestro la interesante posibilidad de hacer combinaciones
nuevas con los elementos simples, lo que introducirá la variedad
en la enseñanza sin desparramar la atención.
Cuando digo que cualquier objeto sirve para dar una enseñanza
intuitiva, esto ha de entenderse literalmente. No hay ni siquiera
un solo acontecimiento tan insignificante en la vida del niño,
en sus juegos y en sus horas de esparcimiento, o en las relaciones
que tiene con sus padres, amigos y compañeros de juego; es
decir, no hay absolutamente ninguna cosa de cuantas conciernen al
niño, sean de la naturaleza o de las ocupaciones y habilidades
de la vida, que no pueda servir de objeto de una lección en
la que se proporcionen al niño algunos conocimientos provechosos
y -lo que es más importante todavía- con la cual no
se le forme el hábito de reflexionar sobre lo que ve y de hablar
sólo después de haber pensado en ello.
La manera de llevar a cabo este sistema no debe consistir en hablar
mucho al niño, sino en entablar una conversación con
el niño. No hay que hacer largos discursos al niño,
ni tampoco demasiado familiares o demasiado selectos; más bien
habrá que llevarlo a expresarse él mismo acerca de los
objetos. No hay que tratar un asunto de un modo exhaustivo, sino que
deberán hacerse preguntas al niño sobre aquél
procurando que él mismo halle la respuesta y la corrija. Sería
muy ridículo esperar que la fluctuante atención de un
niño sea capaz de seguir una prolija disertación. La
atención de un niño se extingue con las largas explicaciones,
al paso que se activa con las preguntas vivas.
Haced que estas preguntas sean cortas, claras e inteligibles. No deben
llevar al niño únicamente a repetir en iguales o nuevas
palabras lo que acaba de oír. Han de estimularlo a observar
aquello que tiene ante él y a afianzarse en lo que ha aprendido,
y ejercitarlo a hallar una pronta y adecuada respuesta entre su pequeño
acopio de conocimientos. Mostradle una determinada propiedad en una
cosa y haced que luego la descubra él mismo en otro objeto.
Decidle que llamamos redonda a la forma de una pelota; y si conseguís
que sepa mencionar otros objetos que poseen esta misma propiedad formal,
habéis actuado en el niño más provechosamente
que si le hubierais hecho oír la más perfecta conferencia
sobre la redondez. En vez de escuchar y repetir, lo que ha tenido
que hacer es observar y pensar.