-Franz Tamayo
 


Oriundo de la ciudad de La Paz, Bolivia, Franz Tamayo es considerado una de las grandes figuras intelectuales de la historia latinoamericana. Nacido en 1879, comenzó sus estudios en un colegio religioso perteneciente a la orden de los Jesuitas. Debido a las tareas diplomáticas de su padre, su familia se trasladó al Brasil donde Tamayo publicó su primer poema y una obra donde resume la historia de su país natal desde la llegada de los españoles. El movimiento revolucionario que estalló en Bolivia en 1899 provocó la caída del gobierno al que pertenecía su padre. Por este motivo, la familia decidió trasladarse a Europa donde Tamayo recorrió varias de las más importantes ciudades del Viejo Mundo.
Ya de regreso a su país natal, Franz Tamayo rindió los exámenes requeridos para obtener el título de abogado. Antes de ingresar de lleno en la actividad política tuvo a su cargo la dirección del periódico El Diario y dictó Sociología en la Universidad de San Andrés. En 1911 fundó el Partido Radical y al año siguiente fue elegido por primera vez diputado en representación de la ciudad de La Paz. Hacia 1919 se postuló como candidato de su partido a la Presidencia de Bolivia.
La educación de su pueblo fue una de sus mayores preocupaciones. Pero su concepción pedagógica iba en sentido contrario a la ideología liberal de la época. Según los presupuestos de esta corriente, el indio –que conformaba la mayoría de la población boliviana- era un sujeto que, debido a su cultura atrasada, impedía la constitución de un estado moderno y el progreso de la nación. La intención de integrar al indígena a la cultura occidental previó la creación de una nueva pedagogía basada en modelos importados de Europa. La obra clave de Tamayo en el terreno educativo, Creación de la pedagogía nacional, publicada en 1909, constituyó una crítica y una respuesta a la orientación oficial.
Allí Tamayo cuestiona la orientación de la pedagogía boliviana manifestando que “hasta ahora ésta ha sido una pedagogía facilísima, pues no ha habido otra labor que la de copia y de calco, y ni siquiera se ha plagiado un modelo único, sino que se ha tomado una idea de Francia o un programa en Alemania, o viceversa, sin darse siempre cuenta de las razones de ser cada uno de esos países”. De esta manera “la suprema aspiración de nuestros pedagogos sería hacer de nuestros nuevos países nuevas Francias y nuevas Alemanias, como si esto fuera posible, y desconociendo una ley biológico-histórica, cual es la de que la historia no se repite jamás, ni en política ni en nada”.
La solución a esta problemática no había que buscarla en fórmulas externas, sino en el interior de la misma Bolivia y en la raza indígena. “Lo que hay que estudiar no son métodos extraños, trabajo compilatorio, sino el alma de nuestra raza, que es un trabajo de verdadera creación. Son los resortes íntimos de nuestra vida interior y de nuestra historia los que sobre todo el gran pedagogo debe tratar de descubrir. Es sobre la vida misma que debe operar, y no sobre papel impreso, y en este sentido es una pedagogía boliviana la que hay que crear, y no plagiar una pedagogía transatlántica cualquiera”.
La lírica, la contribución latinoamericana a la política y la cultura mundial y algunos textos autobiográficos donde describe su papel en la política boliviana, fueron algunos de los temas abordados en sus otros libros. El 29 de julio de 1956 Franz Tamayo falleció en La Paz.
A continuación, ofrecemos a nuestros lectores un fragmento de Creación de la pedagogía nacional.

Fragmento:
“¿Qué hace el indio por el Estado? Todo. ¿Qué hace el Estado por el indio? ¡Nada! Considerad un poco sus condiciones generales. Comenzad por estudia lo que el indio significa para el indio. El indio se basta. El indio vive por sí. La existencia individual o colectiva demanda una suma permanente de cálculo de acción: el indio la da de sí para sí. Tiene, aunque en un grado primitivo e ingenuo, todo el esfuerzo combinado que demanda la vida social organizada y constante: el indio es constructor de su casa, labrador de su campo, tejedor de su estofa y cortador de su propio traje; fabrica sus propios utensilios, es mercader, industrial y viajero a la vez; concibe lo que ejecuta, realiza lo que combina, y, en el gran sentido shakesperiano, es todo un hombre. Que el indio apacente o pesque, sirva o gobierne, encontráis siempre la gran cualidad de la raza: la suficiencia de sí mismo, la suficiencia que en medio mismo de su depresión histórica, de su indignidad social, de su pobreza, de su aislamiento, en medio del olvido de los indiferentes, de la hostilidad del blanco, del desprecio de los imbéciles; la propia suficiencia que le hace autodidacto, autónomo y fuerte. Porque es preciso aceptar que en las actuales condiciones de la nación, el indio es el verdadero depositario de la energía nacional; es el indio el único que, en medio de esta chacota universal que llamamos república, toma a lo serio la tarea humana por excelencia: producir incesantemente en cualquier forma, ya sea labor agrícola o minera, ya sea trabajo rústico o servicio manual dentro de la economía urbana. Y esta es la segunda faz de nuestro estudio: lo que el indio significa para los demás, para el Estado, para la sociedad, para todos. Hay que aceptar: el indio es el depositario del noventa por ciento de la energía nacional. Ya se trate de rechazar una posible invasión extranjera; ya se trate de derrocar a Melgarejo o a Alonso; en todas las grandes actitudes nacionales, en todos los momentos en que la república entra en crisis y siente su estabilidad amenazada, el indio se hace factor de primer orden y decide de todo. Queda, pues, establecido que en la paz como en la guerra, la república vive del indio, o muy poco menos. ¡Y es en esta raza que el cretinismo pedagógico, que los imbéciles constituidos en orientadores de la pedagogía nacional, no ven otra cosa que vicios, alcoholismo, egoísmo y el resto!
Se habla de civilizar al indio. . . y este es otro de los lugares comunes que se repiten por los bovaristas que saben de todo menos de la realidad y de la verdad, y que se repite sin saberse cómo ni por qué.
Pero señores bovaristas, ya seáis pedagogos o legisladores, ¿habéis soñado por un momento lo que significaría civilizar al indio, si tan espléndido ideal fuera realizable de inmediato? ¿Sabéis lo que daría ponerle en estado de aprovecharse directamente de todos los medios de vida de la civilización europea, de todo género de conocimientos e instrumentos? Eso sería vuestra ruina irremediable e incontenible. ¡Eso sería habilitar al verdadero poseedor de la fuerza y de la energía, a sacudirse de todo parasitismo, a sacudirse de vosotros, como la grey refortalecida y ruborizada se sacude de la piojería epidémica! ¡Adiós todo bovarismo pedagógico! ¡Adiós parasitismo gubernativo y legislativo! Sería el despertar de la raza y la reposición de las cosas. Porque es preciso saber que Bolivia no está enferma de otra cosa que de ilogismo y de absurdo, de conceder la fuerza y la superioridad a quien no las posee, y de denegar los eternos derechos de la fuerza a sus legítimos representantes.
Nos hemos instituido en profesores de energía nacional, y la primera condición para serlo es decir la verdad pese a quien pese y duela a quien duela. Y una de las formas y de las causas de la inferioridad boliviana es que vivimos de mentira y de irrealidad. El trabajo, la justicia, la gloria, todo miente, todo se miente en Bolivia; todos mienten, menos aquel que no habla, aquel que obra y calla: el indio.
Pero si se pudiese aplicar un ergógrafo social y político a nuestro Estado —obra que haremos con más tiempo y mayor espacio, obra infinitamente científica—, se podría valorar y aquilatar el esfuerzo nacional y solidario de cada una de nuestras clases, y entonces seguramente se vería, poniendo en la balanza, a un lado todo el esfuerzo secular del indio y a otro la labor de todo el parasitismo colonial y republicano, se verían las magníficas cifras del uno y el cociente sarcástico del otro.
Y esto es verdad; y de esto no se habla jamás, ni se tiene en cuenta cuando se evalúa las fuerzas de la nación, el carácter nacional. ¡Cómo ha de ser, si este sólo consta de vicios y para curarlos bastan fórmulas, plegarias y métodos bováricos!
Y con estas consideraciones suponemos que se comienza a ver que es posible, a pesar de todo, operar sobre la vida y no sobre el papel impreso; que es un poco más útil y más fecundo cerrar los libros y abrir los ojos; que es posible servirse del propio espíritu observador y preferirlo al ajeno; que tratándose del juicio, nada vale lo que el propio, cuando éste brota de un verdadero trabajo sobre las cosas y la vida, y que tratándose de pedagogía nacional, los bovaristas deberían contentarse con lo lucrado ya personalmente, y no pretender orientar el porvenir nacional…”