Víctor
Mercante: entre el universalismo y el fatalismo de la sangre
Víctor Mercante
(1870-1934) fue, sin duda, el pedagogo argentino más importante
de las primeras décadas del siglo XX. Así lo testimonian
sus aportes para la reforma curricular del sistema educativo, su desempeño
como director de escuelas normales de provincia, su labor como investigador
de una ciencia que él mismo bautizaría con el nombre
de "paidología", sus contribuciones teóricas
y sus publicaciones de libros de texto de lectoescritura y aritmética.
Fue uno de los máximos representantes del normalismo, una corriente
pedagógica que tomó su nombre de su origen institucional
-las escuelas normales donde se formarían los primeros docentes
argentinos- y ocupó el centro de la escena en el debate pedagógico,
desplazando la pedagogía tradicional que se definía
como un arte de transmitir antes que como un "arte de hacer comprender,
fijar y mantener la atención espontánea de los alumnos".
Además, constituyó el sistema escolar, desde los programas
de contenidos y actividades hasta los principios que sustentaron la
escuela pública en nuestro país.
Las notas esenciales del pensamiento normalista pueden resumirse en
algunas pocas palabras clave: ciencia (con la notoria influencia del
positivismo científico), laica (en contraposición con
la educación religiosa), progresista (en la medida en que concebía
la educación como factor de progreso) y universalista (ya que
confiaban en la educabilidad de todos los sujetos sin importar su
origen de clase ni su género).
En este marco se desarrolló el trabajo y el pensamiento de
Víctor Mercante. Y de allí surgen también las
tensiones o contradicciones de su propuesta pedagógica que,
por un lado, aspiraba a la universalidad y, por el otro, desconfiaba
de las posibilidades de la educación para alterar lo que consideraba
eran las leyes inexorables de la herencia.
En
el principio fue el método
Para
los normalistas la metodología constituía un aspecto
central de la pedagogía. Tal método comprendía
principios que determinaban desde las características del edificio
escolar y el aula, pasando por las acciones del docente y los alumnos,
hasta el material y la organización del programa. Son precisamente
tales principios los que orientaron la política educativa del
sistema escolar estatal en las primeras décadas del siglo XX.
El principio capital es el universalismo. La educación normalista
postulaba la necesidad y el deber de que todos los grupos sociales
accedan al aprendizaje, lo que contrastaba con prejuicios de la época
que reservaban el espacio escolar para ciertas clases sociales.
Desde esta concepción, Mercante elaboró una propuesta
de reforma del sistema escolar, a solicitud del Ministerio de Justicia
e Instrucción Pública, que consistía en la creación
de una escuela intermedia entre la primaria y la secundaria. La escuela
intermedia tenía una duración de tres años y
se estructuraba sobre la base de dos trayectos: la enseñanza
general de materias humanísticas y científicas; y la
enseñanza profesional y técnica, centrada en materias
que formarían estudiantes capacitados para el mundo del trabajo.
Más allá de que la propuesta terminó en el fracaso
(en 1916 asume Hipólito Yrigoyen y la deja sin efecto), lo
cierto es que allí pueden leerse algunas de las contradicciones
del normalismo.
El ciclo propuesta tenía un aspecto progresivo, en la medida
en que integraba a vastos sectores de la población, menos favorecidos,
al sistema escolar. De hecho implicaba extender la escolaridad de
cuatro a siete años y con una orientación manual. También
era progresiva la incorporación de orientaciones prácticas
ligadas al mundo moderno: la telefonía, la electricidad, la
manipulación del cinematógrafo, la química industrial.
Sin embargo, al mismo tiempo, la propuesta tendía a naturalizar
la división social del trabajo, en tanto que, en los hechos,
estaba orientada para los sectores populares, a quienes se les ofrecía
unos tres años de educación básica, articulada
con el mundo del trabajo. Y, por otro lado, proponía otros
tres como preparación para la formación universitaria,
destinada para las elites.
En otras palabras, algunos de los críticos de la reforma advertían
que la universalidad de la educación no era tan universal como
el credo normalista aseguraba.
Con las distancias del caso, gran parte de las polémicas en
torno al EGB 3 o el Polimodal y su articulación con el mercado
laboral giraron en torno a problemas similares y la denuncia de las
mismas contradicciones.
La
cuestión de las masas
El
esfuerzo de Víctor Mercante por formalizar los estudios pedagógicos
tuvo sus manifestaciones concretas. En 1906 organizó la sección
pedagógica de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de
donde surgiría, en 1915, la Facultad de Ciencias de la Educación.
Mercante fue su primer decano y se desempeñó como docente
de las cátedras de Psicopedagogía y Metodología
especial y práctica.
La pedagogía era para Mercante una "ciencia de observación
de niños y grupos dentro de ambientes". La filosofía
positivista, la psicología experimental, la antropología
criminal de Cesare Lombroso y el evolucionismo de Darwin conformaron
el marco teórico que, a la par que le permitía confiar
en el progreso humano sobre la base de la ciencia, lo llevaba a desconfiar
de las reales posibilidades de las masas.
En este sentido, el pensamiento de Mercante encontraba una filiación
en la concepción del liberalismo de Domingo Sarmiento, quien
promovía la educación pública pero, al mismo
tiempo, estaba convencido de que las masas inmigratorias que habían
llegado a nuestro territorio representaban lo más atrasado
de Europa.
Esta contradicción del normalismo -al postular la universalidad
y tropezar con las masas- llevó a esta corriente y particularmente
a Mercante a terminar por conformar una pedagogía que, más
que favorecer el acceso de los sectores populares, se convirtió
en un aparato de disciplinamiento, control y homogeneidad social frente
al cual las masas pudieron concretar parcialmente su derecho a la
integración cultural pero no pudieron satisfacer su demanda
-prometida por la escuela pública, laica y gratuita- de igualdad
social.
A setenta años de la muerte de este destacado pedagogo argentino,
poco queda del normalismo salvo como residuo y ritual escolar. Sin
embargo, el debate entre una escuela popular, de calidad, que garantice
el acceso igualitario a la cultura y que no naturalice la desigualdad
social como diferencias heredadas, sigue siendo la cuestión
central del debate.
Fuente:
Dussel, Inés, "Víctor Mercante (1870-1934)",
en Perspectivas, revista trimestral de educación comparada,
París, UNESCO, Oficina Internacional de Educación, vol.XXIII,
nros. 3-4, 1993, págs. 808-821.