Michel Montaigne
El universo como libro escolar
En los albores
de ese proceso de transformación cultural que se llamó
"renacimiento", Michel Montaigne (1533-1592) ocupó
un lugar destacado. Los discursos de la época no permitían
desplegar un pensamiento libre, racional, subjetivo, antidogmático.
Por eso, el francés Montaigne (y poco después un inglés,
Francis Bacon) tuvo que inventar un género: el ensayo. Entre
el diálogo platónico y las epístolas filosóficas,
los ensayos constituyeron la forma ideal para que Montaigne pudiera
lanzarse a la aventura de pensar un mundo que, entonces, crecía
desmesuradamente -por las conquistas europeas de los "nuevos"
continentes-, estallaba en crisis religiosas -del cisma cristiano
a las guerras religiosas en Francia-, gestaba un modo de producción
que barrería el insostenible andamiaje feudal: el capitalismo.
No fue un pedagogo. De hecho, vivió antes de que la escolaridad
se generalizase. Sin embargo, en algunos pocos ensayos -como el que
figura en el Libro II, capítulo 25, que reproduciremos parcialmente-
reflexionó sobre la educación de los niños. Escrito
como una larga carta a la Condesa de Gurson, Montaigne sistematizó
un conjunto de ideas que, en cierto sentido, constituye un programa
educativo. Recupera la tradición socrática del diálogo
como uno de los puntos de partida para definir su concepción
pedagógica. El educador, para el autor, debe hablar menos y
escuchar más a su alumno. Sólo así contribuirá
a la formación de una persona crítica, curiosa, autónoma,
segura de sí misma, respetuosa de la diversidad de opiniones
y costumbres, libre.
La escuela, "una verdadera prisión de la juventud cautiva",
debería convertirse en un espacio donde enseñar con
"dulzura severa" el universo, ese libro de texto inagotable
para el conocimiento humano.
Capítulo
XXV
De la educación de los hijos a la señora Diana de Foix,
condesa de Gurson
[...]
Entiendo yo, señora, que la mayor y principal dificultad de
la humana ciencia reside en la acertada dirección y educación
de los niños, del propio modo que en la agricultura las labores
que preceden a la plantación son sencillas y no tienen dificultad;
mas luego que la planta ha arraigado, para que crezca hay diversidad
de procedimientos, que son difíciles. Lo propio acontece con
los hombres: darles vida no es difícil, mas luego que la tienen
vienen los diversos cuidados y trabajos que exigen su educación
y dirección. La apariencia de sus inclinaciones es tan indecisa
en la primera infancia y tan inciertas y falsas las promesas que de
aquéllas pueden deducoirse, que no es viable fundamentar por
ellas ningún juicio atinado. [...] De donde resulta que por
no haber elegido bien su camino, trabájase sin fruto, empleando
un tiempo inútil en destinar a los niños precisamente
para aquello que no han de servir. No obstante tal dificultad, precisa
a mi entender encaminarlos siempre hacia las cosas mejores, de las
cuales puedan sacar mayor provecho, fijándose poco en adivinaciones
ni pronósticos de que sacamos consecuencias demasiado fáciles
en la infancia. [...]
... yo desearía que se pusiera muy especial cuidado en encomendarle
a un preceptor de mejor cabeza que provista de ciencia, y que maestro
y discípulo se encaminaran más bien a la recta dirección
del entendimiento y costumbres, que a la enseñanza por sí
misma, y apetecería también que el maestro se condujera
en su cargo de una manera nueva.
No cesa de alborotarse en nuestros oídos, como quien vertiera
en un embudo, y nuestro deber no se hace consistir más que
en repetir lo que se nos ha dicho; querría yo que el maestro
se sirviera de otro procedimiento, y que desde luego, según
el alcance espiritual del discípulo, comenzase a mostrar ante
sus ojos el exterior de las cosas, haciéndoselas gustar, escoger
y discernir por sí mismo, ir preparándole el camino,
ya dejándole en libertad de buscarlo. Tampoco quiero que el
maestro invente ni sea sólo el que hable; es necesario que
oiga a su educando hablar a su vez. [...]
Debe el maestro acostumbrar al discípulo a pasar por el tamiz
todas las ideas que le trasmita y hacer de modo que su cabeza no dé
albergue a nada por la simple autoridad y crédito. Los principios
de Aristóteles, como los de los estoicos o de los epicúreos,
no deben ser para él doctrina incontrovertible; propóngasele
semejante diversidad de juicios, él escogerá si puede,
y si no, permanecerá en la duda pues si abraza, después
de reflexionarlas, las ideas de Jenofonte y las de Platón,
estas ideas no serán ya las de esos filósofos, serán
las suyas; quien sigue a otro no sigue a nadie, nada encuentra, y
hasta podría decirse que nada busca: que sepa darse razón
a menos de lo que sabe. Es preciso que se impregne del espíritu
de los filósofos; no basta con que aprenda los preceptos de
los mismos; puede olvidarse si quiere cuál fue la fuente de
su enseñanza pero a condición de sabérsela apropiar.
La verdad y la razón son patrimonio de todos, y ambas pertenecen
por igual al que habló antes que al que habla después.
Tanto monta decir según el parecer de Platón que según
el mío, pues los dos vemos y entendemos del mismo modo. Las
abejas extraen el jugo de diversas flores y luego elaboran la miel,
que es producto suyo, y no tomillo ni mejorana: así las nociones
tomadas a otro, las transformará y modificará para con
ellas ejecutar una obra que le pertenezca, formando de este modo su
saber y su discernimiento. Todo el estudio y todo el trabajo no deben
ir encaminados a distinta mira que a su formación. Que sepa
ocultar todo aquello de que se ha servido y exprese sólo lo
que ha acertado a hacer. Los salteadores y los tramposos exhiben ostensiblemente
sus fincas y las cosas que compran, y no el dinero que robaron o malamente
adquirieron; tampoco veréis los honorarios secretos que recibe
un empleado de la justicia, mostrará sólo los honores
y bienandanzas que obtuvo para sí y para sus hijos: nadie entera
a los demás de lo que recibe, cada cual deja ver solamente
sus adquisiciones.
El fruto de nuestro trabajo debe consistir en transformar al alumno
en mejor y más prudente. [...] Voluntariamente convertimos
el entendimiento en cobarde y servil por no dejarle la libertad que
le pertenece. [...]
En las relaciones que mantienen los hombres entre sí, he advertido
con frecuencia que, en vez de adquirir conocimiento de los demás,
no hacemos sino darle amplio de nosotros mismos, preferimos mejor
soltar nuestra mercancía, que adquirirla nueva, la modestia
y el silencio son cualidades útiles en la conversación.
Se acostumbrará al niño a que no haga alarde de su saber
cuando lo haya adquirido; a no contradecir las tonterías y
patrañas que puedan decirse en su presencia, pues es descortés
censurar lo que nos choca o desagrada. Conténtase con corregirse
a sí mismo y no haga a los demás reproche de lo que
le disgusta, ni se ponga en contradicción con las públicas
costumbres. Huya de las maneras pedantescas y de la pueril ambición
de querer aparecer a los ojos de los demás como más
sutil de lo que es, y cual si fuera mercancía de difícil
colocación no pretenda sacar partido de tales críticas
y reparos. [...]
Sea inspirado su entendimiento por una curiosidad legítima
que le haga informarse de togas las cosas; todo aquello que haya de
curioso en derredor suyo debe verlo, ya sea un edificio, una fuente,
un hombre, el sitio en que se libró una antigua batalla, el
paso de César o el de Carlomagno. [...]
Este mundo dilatado, que algunos multiplican todavía como las
especies dentro de su género, es el espejo en que para conocernos
fielmente debemos contemplar nuestra imagen. En conclusión,
mi deseo es que el universo entero sea el libro de nuestro escolar.
Tal diversidad de caracteres, sectas, juicios, opiniones, costumbres
y leyes, enséñanos a juzgar rectamente de los nuestros
peculiares, y encamina nuestro criterio al reconocimiento de su imperfección
y de su natural debilidad; este aprendizaje reviste la mayor importancia[...]
A nuestro discípulo, un gabinete, un jardín, la mesa
y el lecho, la soledad, la compañía, la mañana
y la tarde, todas las horas le serán favorables; los lugares
todos le servirán de estudio, pues la filosofía, que
como formadora del entendimiento y costumbres constituirá su
principal enseñanza, goza del privilegio de mezclarse en todas
las cosas. [...]
Debe presidir a la educación una dulzura severa, no como se
practica generalmente; en lugar de invitar a los niños al estudio
de las letras, se les brinda sólo con el horror y la crueldad.
Que se alejen la violencia y la fuerza, nada hay a mi juicio que bastardee
y trastorne tanto una naturaleza bien nacida. Si queréis que
el niño tenga miedo a la deshonra y al castigo, no le acostumbréis
a ellos, acostumbradle más bien a la fatiga y al frío,
al viento, al sol, a los accidentes que le precisa menospreciar. [...]
Las mismas han sido mis ideas siendo niño, joven y viejo, en
la materia de que voy hablando; mas entre otras cosas, los procedimientos
que se emplean en la mayor parte de los colegios me han disgustado
siempre: con mucha mayor cordura debiera emplearse la indulgencia.
Los colegios son una verdadera prisión de la juventud cautiva,
a la cual se convierte en relajada castigándola antes de que
lo sea.
Visitad un colegio a la hora de las clases, y no oiréis más
que gritos de niños a quienes se martiriza; y no veréis
más que maestros enloquecidos por la cólera. ¡Buenos
medios de avivar el deseo de saber en almas tímidas y tiernas,
el guiarlas así con el rostro feroz y el látigo en la
mano! [...] ¿Cuánto mejor no sería ver la escuela
sembrada de flores, que de trozos de mimbres ensangrentados? [...]