Andrés Bello |
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Poeta, filólogo, jurista y educador,
Andrés Bello, cuyo verdadero nombre era Andrés de Jesús
María y José Bello López, fue una de las figuras
más destacadas de la historia del pensamiento latinoamericano.
Nació en 1781 en Caracas, Venezuela, allí estudió
en la Real y Pontificia Universidad de Caracas (hoy Universidad Central
de Venezuela). Inspirado por las ideas iluministas y por la situación
en la que se encontraba su patria se suma a los sectores que luchaban
por la independencia de la corona española. Hacia 1810 integra
una comisión, junto a Simón Bolívar y otras figuras,
que se dirige a Londres con el objetivo de obtener apoyo del gobierno
inglés para la lucha independentista de las colonias sudamericanas.
A la espera de ese aporte económico, Andrés Bello decide
quedarse en Londres para profundizar sus estudios en diversas disciplinas,
residiendo allí hasta 1829. Como el aporte no llegaba, la excusa
perfecta para la vuelta al terruño sudamericano fue la invitación
del gobierno de la incipiente república chilena para trabajar
allí. El período que dura su estancia en Chile constituye
quizá su época más productiva en términos
intelectuales. Además de sus tareas como funcionario del Ministerio
de Relaciones Exteriores, Bello dedicó gran parte de su tiempo
a la escritura de tratados pedagógicos y jurídicos,
a la formación de discípulos, además fundó
la Universidad de Chile, de la cual fue rector desde su fundación
en el año 1842 hasta su muerte en 1865. (*) Para más datos sobre este ensayo de Andrés Bello consultar “Andrés Bello y la educación popular” por Reinaldo Villegas Astudillo (www.) Fragmento: “…
No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis
lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América.
Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres
en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación
y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen
español derramadas sobre los dos continentes. Pero no es un
purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento
prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de
la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden
cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción
de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras,
ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente innecesaria,
o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan
engalanar así lo que escriben. Hay otro vicio peor, que es
el prestar acepciones nuevas a las palabras y frases conocidas, multiplicando
las anfibologías de que por la variedad de significados de
cada palabra adolecen más o menos las lenguas todas, y acaso
en mayor proporción las que más se cultivan, por el
casi infinito número de ideas a que es preciso acomodar un
número necesariamente limitado de signos. Pero el mayor mal
de todos, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las inapreciables
ventajas de un lenguaje común, es la avenida de neologismos
de construcción, que inunda y enturbia mucha parte de lo que
se escribe en América, y alterando la estructura del idioma,
tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos,
bárbaros; embriones de idiomas futuros, que durante una larga
elaboración reproducirían en América lo que fue
la Europa en el tenebroso período de la corrupción del
latín. Chile, el Perú, Buenos Aires, México,
hablarían cada uno su lengua, o por mejor decir, varias lenguas,
como sucede en España, Italia y Francia, donde dominan ciertos
idiomas provinciales, pero viven a su lado otros varios, oponiendo
estorbos a la difusión de las luces, a la ejecución
de las leyes, a la administración del Estado, a la unidad nacional.
Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en
la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad
de las funciones que éstos ejercen, y de que proceden la forma
y la índole que distinguen al todo. |
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