El oficio de vivir

Publicada en 1762, El Emilio de Juan Jacobo Rousseau estableció los principios de una educación natural que, sobre la base de los instintos naturales, las primeras impresiones, los sentimientos y los juicios espontáneos, contribuiría a la formación de un hombre para la vida. Contra la pedagogía y las escuelas de su época -¨esas risibles instituciones¨-, Rousseau despliega un vasto proyecto educativo que comprende diversas etapas. La primera, desde el año hasta los cinco años, en la que se impulsarán las actividades físicas y se evitarán los esfuerzos intelectuales. Luego, entre los cinco y los doce años, cuando el niño puede experimentar el mundo exterior viviendo en el campo en pleno contacto con la naturaleza. En un tercer período, hasta los quince, ingresará en su educación intelectual y aprenderá temas de la naturaleza, la matemática, los oficios (como el del carpintero) y la lectura (qué otra novela si no Robinson Crusoe). Finalmente, entre los quince y los veinte años, completará su formación intelectual y moral. En todos los casos, el papel del educador es el de un guía, un impulsor, un orientador.
Si bien, dos siglos más tarde, algunas de sus tesis -por caso, la central: el hombre nace bueno por naturaleza- han sido demasiado revisadas, la lectura de Rousseau nos acerca a un intelectual que, a contrapelo de la ilustración que privilegiaba la razón y el progreso de un modelo de civilización, propugnaba la libre iniciativa del individuo para construirse a sí mismo. Un precursor del romanticismo y de los primeros anarquistas -quienes recuperaron sus postulados a mediados del siglo XIX y principios del XX-, que imaginó un mundo por fuera de la violencia de las instituciones, que moldean sujetos a su imagen y semejanza, para construir un hombre fin en sí mismo. Como señala en El Emilio: ¨El hombre de la naturaleza lo es todo para sí; es la unidad numérica, el entero absoluto, que sólo se relaciona consigo mismo, mientras que el hombre civilizado es la unidad fraccionaria que determina el denominador y cuyo valor expresa su relación con el entero, que es el cuerpo social. Las instituciones sociales buenas son las que mejor saben borrar la naturaleza del hombre, privarle de su existencia absoluta, dándole una relativa, y trasladar el yo, la personalidad, a la común unidad. De manera que cada particular ya no se crea un entero sino parte de la unidad y que sea sensible únicamente en el todo.¨
En la búsqueda por recuperar ese todo -es decir, la humanidad del hombre en su plenitud- desarrolló su concepción pedagógica y política.


El Emilio (Primera parte, fragmento)
de Juan Jacobo Rousseau

Para formar este hombre extraño, ¿qué tenemos que hacer? Mucho sin duda; impedir que se haga cosa alguna. Cuando sólo se trata de navegar contra el viento, se bordea; pero si el mar está alborotado y se quiere permanecer en el sitio, es preciso echar el ancla. Cuida, joven piloto, de que no se te escape el cable, arrastre el ancla y derive el navío antes de que lo adviertas.
En el orden social en que están todos los puestos señalados, debe ser cada uno educado para el suyo. Si un particular formado para su puesto sale de él, ya no vale para nada. Sólo es útil la educación cuando se conforma la fortuna con la vocación de los padres; en cualquier otro caso es perjudicial para el alumno, aunque no sea más que por las preocupaciones que le sugiere. En Egipto, donde estaban los hijos obligados a seguir la profesión de sus padres, la educación tenía por lo menos un fin determinado; pero entre nosotros, donde sólo las jerarquías subsisten, y pasan los hombres sin cesar de una a otra, nadie sabe si cuando educa a su hijo para su estado, trabaja contra él mismo.
Como en el estado natural todos los hombres son iguales, su común vocación es el estado de hombre; y quien hubiere sido bien criado para éste, no puede desempeñar mal los que con él se relacionan. Poco me importa que destinen a mi discípulo para el ejército, para la iglesia o para el foro; antes de la vocación de sus padres, le llama la naturaleza a la vida humana. El oficio que quiero enseñarle es el de vivir. Convengo en que cuando salga de mis manos, no será ni magistrado ni militar ni sacerdote; será primeramente hombre, todo cuanto debe ser un hombre y sabrá serlo, si fuera necesario, tan bien como el que más. En balde la fortuna le mudará de lugar ya que siempre él se encontrará con el suyo. [...]
El verdadero estudio nuestro es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y los males de esta vida es, a mi parecer, el más educado; de donde se infiere que no tanto en preceptos como en ejercicios consiste la verdadera educación. Desde que empezamos a vivir, empieza nuestra instrucción. Nuestra educación empieza cuando empezamos nosotros; la nodriza es nuestro primer preceptor. Por eso la palabra educación tenía antiguamente un significado que ya se ha perdido; quería decir alimento. Educil obstetrix, dice Varrón, educat nutrix, instituit pedagogus, docet magister [Saca a luz la partera, educa la nodriza, instituye el ayo, enseña el maestro.] Educación, institución e instrucción son por tanto tres cosas tan distintas en su objeto como nodriza, ayo y maestro. Pero se confunden estas distinciones; pero para que el niño vaya bien encaminado no debe tener más de una guía.
Conviene, pues, generalizar nuestras miras, considerando en nuestro alumno al hombre abstracto, el hombre expuesto a todos los azares de la vida humana. Si naciesen los hombres incorporados al suelo de un país, si durase todo el año una misma estación, si estuviera cada uno tan pegado con su fortuna que ésta no pudiese variar, sería buena bajo ciertos aspectos la práctica ya establecida. Educado un niño para su estado, y no habiendo nunca de salir de él, no podría verse expuesto a los inconvenientes de otro distinto. Pero considerando la inestabilidad de las cosas humanas, atendiendo al espíritu inquieto y mal contentadizo de este siglo que a cada generación todo lo trastorna, ¿puede imaginarse método más desatinado que el de educar a un niño como si nunca hubiese de salir de su habitación y hubiera de vivir siempre rodeado de su gente? Si da este desgraciado un solo paso en la tierra, si baja un escalón solo, está perdido. No es eso enseñarle a sufrir el dolor sino ejercitarle a que lo sienta.
Los padres sólo piensan en conservar su niño, pero eso no basta: debieran enseñarle a conservarse cuando sea hombre, a soportar los embates de la mala suerte, a arrastrar la opulencia y la miseria, a vivir -si es necesario- en los hielos de Islandia o en la abrasada roca de Malta. Inútil es tomar precauciones para que no muera; al cabo tiene que morir; y aun cuando no sea su muerte un resultado de vuestros cuidados, todavía serán estos improcedentes. No tanto se trata de estorbar que muera, cuanto de hacer que viva. Vivir no es respirar, es obrar, hacer uso de nuestros órganos, nuestros sentidos, nuestras facultades, de todas las partes de nosotros mismos que nos dan el íntimo convencimiento de nuestra experiencia. No es aquel que más ha vivido el que más años cuenta sino el que más ha disfrutado de la vida. Uno fue enterrado a los cien años pero ya era cadáver desde su nacimiento. Más le hubiera valido morir en su juventud, por lo menos hubiera vivido hasta entonces.
Toda nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no son otra cosa que sujeción, incomodidades y violencia. El hombre civilizado nace, vive y muere en esclavitud. Al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras tiene figura humana, le encadenan nuestras instituciones.