Palabras sobre los exámenes

"Los dolores que quedan son las libertades que faltan", reza el célebre Manifiesto liminar, aparecido el 21 de junio de 1918, con la firma de la Federación Universitaria de Córdoba. De ese modo se hacía público en todo el país -y poco después, en el continente- el proceso y los alcances de una reforma que cuestionó radicalmente las bases del sistema universitario argentino de principios de siglo. Planteando que el "demos" universitario residía en los estudiantes, los jóvenes cordobeses no sólo lanzaron por la ventana a un rector sino que instauraron un sistema de representación democrática que hasta hoy sigue vigente. Curiosamente (o no tanto), a casi un siglo del movimiento reformista, los estudiantes de hoy reclaman la urgente democratización de la universidad pública.
Si bien el texto expresaba las ideas de un conjunto de jóvenes, su autoría correspondió a Deodoro Roca (1840-1942). En su libro Deodoro Roca, el hereje, el sociólogo Néstor Kohan lo define como "hijo del modernismo, romántico, antiburgués y antiimperialista". De ese libro, en el que se recogen sus escritos dispersos y olvidados por la cultura oficial, seleccionamos "Palabras sobre los exámenes", publicado originalmente en 1930. Allí, Roca critica con ironía y acidez el sistema de evaluación en la universidad. Bien leído, los embates van más allá del mecanismo del bolillero que aterró a las generaciones que nos precedieron. Es el "examen", como dispositivo de control, como ejercicio de poder, como instrumento, el blanco del ataque. Y, al mismo tiempo, un modelo de educación que, sobre la base del éxito, desdeña la capacidad de preguntar, de aprender, de desarrollar un pensamiento autónomo, libre, desprejuiciado.
En el mayo francés -la rebelión estudiantil que tomó en 1968 la posta que dejaron los estudiantes cordobeses-, había circulado la consigna: "Examen = servilismo, promoción social, sociedad jerarquizada". Como se advierte, detrás de la modalidad de examen, Roca y, más tarde, los estudiantes franceses, leían un modelo educativo, un modelo social y una concepción del mundo.
Palabras sobre los exámenes
por Deodoro Roca

¡Exámenes a la vista! Bolilleros, más bolilleros... ¡Con sus inconfundibles dispositivos de juego! Como todos los años, vuelve a las sienes juveniles el presuroso latir de los días de examen, sobrecogidos, azarosos. Días de palideces, fiebres y vagas iniciales exprimidas por el tiempo implacable y premioso. Se ahoga en ellos la risa y la canción. Una emoción indefinible, angustiosa, serpentea en el pecho. Novia desvanecida. cine misterioso y lejano, guitarra colgada en las paredes de la pensión, charla encapotada, parque sellado... Afuera, rumores y perfumes estremecidos. El deseo se hincha y toma con el breve ritmo de un seno. Dulce vagar, recogido y enrollado. Guardapolvo y texto. Tardes de noviembre. Exámenes. ¡Lotería, lotería!
El alumno acude con su número. No siempre saca premio. Hay que pasar de alumno a médico, a abogado, a ingeniero... Y se aguarda nerviosamente la aparición de un bedel (todos los que preguntan son bedeles). Es como llegar a un alero y sostenerse ahí. 0 caer y -moralmente- descalabrarse. Alguien no cae. Pero con toda valentía se mata en el mismo alero. Es lo mismo que llevar al alumno al filo de una roca y -como Satán a Cristo- decirle: "Todo esto será tuyo si me respondes a estas preguntas, si tienes suerte con estas bolillas desde donde te miro-.
El alumno mira la irreal riqueza que se le muestra, y entrega, por ese falso botín, su alma indefensa y simple.
Lo humano, lo verdaderamente humano, sería irle apuntando, a lo largo de su vida de aprendizaje, qué cosas y qué ideas no "parecen" convenirle; qué cosas y qué ideas le serían de fácil adquisición... El problema del adiestramiento, la elección del trabajo fértil, el de la educación "total", en suma es el que debiera mantener alerta la mente de los maestros. Por eso lo recuerdo en estos días pesarosos, ya que el examen debiera quedar catalogado -para siempre-, entre los "Juegos prohibidos", en defensa de la inteligencia.
La culpa -lo sabemos- no es de tal o cual profesor satánida. Es de tal o cual sistema. De un "régimen" de enseñanza que no es la superior, ni la inferior, y ni siquiera la doméstica o la oficial, sino toda la enseñanza contando con raras excepciones. Toda la enseñanza -expresada así en el vetusto examen- está fraguada apuntando al éxito. Hace depender de un éxito, de una buena jugada, a veces toda una vida. Y nada debiera depender de él mientras se ofreciera como un desafío en el que nunca el alumno suele elegir las armas y el terreno. Mientras se presente como premio a unos momentos de feliz gimnasia. Y ni siquiera de gimnasia mental, sino mecánica. 0 como "recompensa" a una prueba donde innegablemente intervienen factores tan extraños al conocimiento como lo son la audacia, la agilidad memorativa, la seducción verbal... Y lo grave es que esos factores siguen conformando más tarde la mente y la acción de sus beneficiarios. Y se hacen jugadores para toda la vida.
Las pruebas de un alumno deben durar toda su infancia, toda su adolescencia. Y unos años, no unos minutos; unos años durante los cuales deberá escoger por sí mismo su texto, después de haber averiguado -o al tiempo de averiguarlo- su preferencia, su afición. Años en los cuales por sí mismo -en vista de una tradición doméstica o un prejuicio confesional- ha de enfocar sus posibilidades por un único desfiladero. Porque llega un momento en la vida de los padres -y llégase muy pronto frente a la vida de los hijos- en que es preciso ceder terreno en el culto de la obediencia y de la disciplina, tan útiles siempre a nuestros mayores. Han de pensar en irlas sustituyendo por otras: ¡por la independencia y la acometividad tan molestas siempre a nuestros mismos mayores! Y si estas virtudes -las verdaderas, las positivas- llegaren en su leal desarrollo a destruir la obra incipiente del padre o del maestro, poco importa.
Una vida exige rumbos nuevos. La verdadera educación -muchas veces lo leímos, pero pocas lo vimos practicado- es tanto como ensayo de desarrollar la atención, el deseo de comprender, el respeto a lo que comprendan, deseen y digan los demás. Rigor para sí, justicia para los otros. Atención para todo y para todos. La verdadera educación, la formación que ella anhela, debe ser siempre abierta. Y no debe fomentar la fe, sino la duda; no la credulidad, sino la oportuna y desnuda pregunta.
La falsa educación -y entiendo por educación la formación integral-, la que tiene en su heráldica el examen, la educación juego, azar, "lance", ominosa aventura, se nutre necesariamente de respuestas oficiales a preguntas más "oficiales" todavía. Se nutre -como dice Jarnés- de diálogos preconcebidos. Se nutre de premios y castigos, bárbaramente llamados "estímulos" (hablo de barbarie educacional). Conforme observa Bertrand Russell, va concebida "como medio de adquirir un poder sobre el alumno y no de favorecer su futuro desarrollo".
La falsa educación -¡toda la nuestra!- reposa en una cabal falta de respeto al discípulo. Nadie respeta al discípulo. La piedra milenaria del examen, parada estos días a la puerta de los establecimientos educacionales, así lo denuncia. Hay que respetar al hombre que llega, indefenso, al mundo. Hay que ser con él más solícito. Hay que respetarlo mucho más profundamente que al hombre de itinerario ya en marcha o acabado. [...]
¡Menos loterías, señores profesores! Los exámenes, las verdaderas pruebas -aunque así se llamen-, deben cifrarse no en las respuestas de los discípulos, sino en sus preguntas. De la desnuda y oportuna pregunta del discípulo debe inferirse su curiosidad su capacidad, su aptitud, la calidad de su espíritu, su grado de saber y su posibilidad. La única relación legítima y fecunda que debe trasuntar un examen que aspire a salvarse es la de un discípulo que pregunta y la de un "tribunal" que responde. ¡Son ustedes los que deben "rendir", señores profesores!
Mientras esto no ocurra, se seguirá oyendo en escuelas, liceos, colegios y universidades las dramáticas y fatídicas palabras del "croupier" docente:
-"¡No va más!"